Las distritales han encendido los fuegos políticos si es que, alguna vez, se han apagado. La competencia política es consustancial con la democracia y representa la antítesis de la dictadura.
Desde este punto de vista, la lucha política es signo de vida. Su matriz son los partidos. Sin ellos la democracia, como el agua estancada, no encontraría cauces para correr, purificarse y sobrevivir. Por ello, cuando se reniega de los partidos, ¿con qué se piensa sustituirlos? Y quien los maldice, ¿por qué no da el salto?
El poder: he aquí el fin. Los partidos son el vehículo y la pista, pero la decisión última es personal. De pronto, alguien decide presentar su nombre y competir, es decir, conquistar la voluntad -el voto- de los electores. (De aquí la deformación de nuestro sistema, donde en la elección de diputados y regidores no hay conquista, sino una simple inserción en una papeleta, en la que el ser humano se esfuma.)
Como decisión personal, el primer impulso de la democracia es eminentemente ético. ¿Por qué yo? Pregunta fundamental. El problema está en que casi nadie se la formula. Casi nadie se toma la conciencia en las manos, como un espejo, para verse hasta en los pegujares del alma y dar respuesta a esta pregunta: ¿por qué yo? ¿Poseo las cualidades indispensables para ser asambleísta, regidor, diputado o presidente de la República? O ¿ministro?
¿Por qué yo? ¿Es esta una aspiración fundada en atestados personales de servicio público, maduros y suficientes, en beneficio del país, o una simple ambición o el escalón para satisfacer mi sed de dinero o de lucimiento, o una manera de encauzar mis complejos y patologías internas?
En fin, ¿soy un impostor o una persona veraz y auténtica?
Desgraciadamente, en esta materia el número de impostores es infinito. Y pensar que aquí, en esta decisión personal orientada a pedir el voto de los ciudadanos o a aceptar un puesto público, se labra la desdicha o la ventura de una nación.
El corrupto no es solo el que utiliza el poder en beneficio propio o de los suyos, el que se enriquece ilegítimamente o el administrador infiel de los recursos públicos. El primer acto de corrupción consiste en aspirar a un puesto o en aceptarlo cuando se carece de condiciones académicas, psicológicas o de carácter. Los ladrones de posiciones públicas forman legiones.
¿Por qué yo? Los impostores y los oportunistas no se formulan esta pregunta. Aquí se echa la primera piedra de la desdicha de una nación.