¡:Qué lección, qué regalo y qué remanso!
Un grupo de costarricenses residentes en nuestro país y en Los Angeles aunó esfuerzos para presentar una majestuosa carroza en el Desfile de las Rosas el 1º de enero pasado. Su nombre: Sueños del Paraíso. El éxito fue soberbio: gran premio en el campo no comercial.
Esta carroza hizo más por Costa Rica que toda la publicidad desplegada durante muchos años. Se pensó en grande, se escogió el momento oportuno y se laboró con patriotismo, desinterés y sentido de excelencia. (¡Qué lástima! Mientras Sueños del Paraíso nos dio lustre y fama en el mundo, una gavilla de bandoleros de la peor ralea secuestró, pocas horas después, a una ciudadana alemana y a una guía suiza residente en Costa Rica y nos ha causado un daño irreparable! )
Pero, de todo hay en la viña del Señor. Hay mentes que sueñan alegorías para dignificar a Costa Rica y hay mentes que urden maquinaciones bestiales. Hay manos que entrelazan flores para tejer frente al mundo un tapiz exquisito de nuestros recursos naturales y hay corazones envilecidos que solo saben manipular armas y canjear seres humanos por plata...
Pero, Costa Rica, si quiere sobrevivir y conquistar un puesto en el mundo, debe transitar la senda de los hacedores de sueños que, como los arquitectos, obreros y artistas de esta carroza, trabajaron con previsión, en silencio, en equipo, en grande y a tiempo, en interminables y gozosas jornadas de trabajo, como aquellos devotos constructores de las catedrales góticas, arcos de manos juntas elevadas hacia Dios, admiración de la Tierra.
¿Por qué este puñado de compatriotas de la colonia tica en Los Angeles, funcionarios de nuestro consulado en esa ciudad o integrados en las dos Asociaciones pro Desfile, una en Los Angeles y otra aquí, concibieron y realizaron esta iniciativa? Porque decidieron romper los moldes mentales y reales de la mediocridad, de la vulgaridad, de la fealdad y del mínimo esfuerzo que nos ahogan para demostrar que somos capaces de escalar cumbres.
A todos ellos muchas gracias. Nos dieron una lección soberana.
Si un pueblo solo ve fealdad, produce fealdad; si basura, reparte basura; si mediocridad, desborda en mediocridad; si vulgaridad, se sumerge en la vulgaridad. Este grupo de costarricenses pudo haber limitado sus ilusiones a una carroza con algunos borrachitos y trasvestistas en El Carnaval de las fiestas populares de fin de año... pero, no, disolvió las ataduras de la pequeñez, se arremangó y se fue a plantar su carroza entre los grandes. Y ganó.
Ocupamos el tercer lugar en el mundo en expectativas de vida, después de Japón y Francia. Claro que es importante y honroso que un pueblo ocupe un sitial tan elevado. Pero, no solo importa que vivamos mucho tiempo. Hay que llenar de calidad, de Sueños del Paraíso, todo ese tiempo...