R eflexiones de refilón sobre las informaciones de La Nación acerca de la CCSS, la Corporación Fischel, el empréstito de Finlandia, la compra de equipo médico e iguales yerbas…
Los funcionarios públicos deben quitarse el miedo. El arma más poderosa y eficaz de los seres humanos es la palabra. Por ello, la temen tanto los tiranos y los corruptos, y sus paniaguados o cortesanos. De aquí el ataque reiterado, sutil, explícito o descarado, de ciertas personas y hasta medios de comunicación contra los periodistas y órganos de prensa independientes. No más aparece la información veraz, en defensa del interés público, surgen los de siempre a denunciar persecuciones, con su triste oficio y su oxidada espada toledana.
Hay muchas formas de dar la voz de alerta, de lanzar el SOS salvador. Los funcionarios públicos deben convertirse en los primeros celadores del Estado. Este pecado de omisión se paga caro. Sus víctimas suelen ser los sectores más pobres del país. Angustia comprobar que, por ciertas instituciones, pasan verdaderos vendavales de ilegalidad o inmoralidad, y nadie denuncia. ¡Ay de las ovejas y los pastores cuyos perros no ladran a tiempo! ¡Cuántas tragedias financieras, políticas o sociales se hubieran evitado si alguien, ante la incuria ajena, hubiera hablado o hubiera levantado un teléfono!
En este entramado de compras y licitaciones en la CCSS se procedió de arriba hacia abajo. El sentido común indica que, primeramente, se toma nota de las necesidades reales de los asegurados y de los hospitales. Luego, se estudia cuál es el equipo técnico, el personal apropiados y el costo. Después se busca el financiamiento. En este caso, se hizo todo al revés: dinero, equipo y hospitales.
Una de las cosas que más me sorprende en este enredo de la CCSS es la perfección intelectual del procedimiento. Como si una mente bien avezada lo hubiera planificado todo. En un país experto en improvisación, la armonía de tantas casualidades es extraña. Mi abuelita me decía: “M'hijito, en todos los órdenes de la vida hay un ritmo notable. Cuando este ritmo se quiebra, abra las pepas, porque hay gato encerrado”.
Distinción esencial: una cosa es el acto doloso de enriquecimiento ilícito, de sí, de los amigos o de los familiares, y otra, la negligencia o imprudencia en la gestión pública o en la administración de los recursos del Estado. La corrupción en nuestro país es pública y notoria, pero la mala administración o gestión pública la supera con creces. Esta nos ahoga, más que aquella, su hermanastra. Nos asusta la corrupción, pero nos deja indiferente la mala gestión.
Un baño nacional de vergüenza, el último bastión moral del ser humano, y de sensibilidad, cuya pérdida caracteriza, por cierto, a los psicópatas.