En un foro económico mundial la globalización es, por supuesto, la palabra sacramental. Es un vocablo globalizado y globalizador.
Es mucho más que una moda. El problema es que no podemos escapar de él: ni los poderosos de la Tierra y, mucho menos, los pobres. ¿Una ideología? Si lo fuera, podríamos escoger. Es un hecho. No nos queda más, por ello, que hacerle frente. Su definición, como la del tiempo en San Agustín, nos pone en aprietos. Sabemos lo que es, pero nos cuesta precisarla.
Se recurre con frecuencia, por ello, a las metáforas. Edward Goldsmith dice que estamos embarcados en un bólido que no tiene marcha atrás ni frenos ni conductor. Una megamáquina. En la aprehensión del concepto compiten tirios y troyanos. Ya Marx la previó cuando expresó que una característica intrínseca del capitalismo es "crear un mercado mundial". Fidel Castro afirmó, en el foro de la Organización Mundial del Comercio (OMC), aquí en Ginebra, que se trata de un fenómeno inevitable por lo que gritar "¡abajo la mundialización! equivale a gritar contra la ley de la gravedad". Y pensar que algunos compatriotas, muy viajados, pretenden negarla con la pasión y el temor con que un grupo brasileño, a fines del siglo XIX, pretendió oponerse contaba aquí Mario Vargas Llosa en una cena iberoamericana a la implantación del sistema métrico decimal. Los llamaban los quiebrakilos.
Y, en aras del equilibrio, recordemos que Clinton expresó, en esa misma oportunidad, que "la globalización es un hecho y no una decisión política. Estamos enfrentados con un dilema: prepararnos para domeñar estas poderosas fuerzas de cambio o guarecernos detrás de los bastiones del proteccionismo". Esta es la cuestión: en vez de las quejumbres, el enfrentamiento, no a lo loco, sino con capacidad y determinación. Si no procedemos así, perderemos esta formidable oportunidad histórica o nos desbocamos. No puedo olvidar la anécdota del jefe del budismo en Vietnam Thich Nhat Nhat Hanh hace dos días, en Davos, en el encuentro de líderes religiosos del mundo, moderada por el expresidente José María Figueres. "Un hombre contó galopaba a caballo. Una persona, a la vera del camino, le preguntó: ë¿por qué corres tanto, adónde vas?. No sé respondió el jinete pregúnteselo al caballo".
En ese mismo encuentro religioso, el arzobispo Martin, irlandés, trajo a colación la temible alegoría bíblica de la torre de Babel, un soberbio esfuerzo humano para tocar el cielo. O guiamos el corcel, para extraer de él toda su potencialidad, o nos extraviamos. En suma, ni ignorancia de los hechos ni pretensiones de crecimiento ilimitado, al margen de las personas. De esta responsabilidad histórica deben dar cuenta nuestros dirigentes y no, como contaba el monje budista, los caballos.
Esta es una cuestión básica que engloba el debate nacional y, necesariamente, la acción política inteligente, humana y visionaria. La omisión, la demagogia o el temor nos penalizará a todos, en particular a los más pobres. La brecha digital es insalvable si la precede, como ocurre, su causa: la brecha mental o la brecha entre el pensamiento y la acción. En eso estamos.