El futbol es uno de los mejores testigos en la historia del peligro de la miopía y del temor al cambio, disimulados en poses de racionalización y hasta de interés "popular", de parte de cúpulas dirigentes y grupos de presión.
Este deporte se acunó y desarrolló en conspicuas universidades inglesas y, luego, fue privilegio de élites en los países que lo acogieron. En Brasil se abolió la esclavitud en 1888. Sin embargo, los negros no fueron admitidos en los primeros clubes de futbol. Por otra parte, un sector de la sociedad lo rechazó por su componente elitista y por "la importación de hábitos europeos", y un mulato creó "la liga antifutbol" con la misma pasión con que hoy algunos grupos rechazan la globalización y todo signo de cambio o de apertura. Un escritor estigmatizó el futbol como "costumbre intrusa, lejana y exótica", aunque luego comprendió su alcance y lo incorporó a la cultura como un "hijo híbrido" (¿no lo es, acaso, la cultura misma?) que se abrió paso en el tercer mundo. Igualmente Japón y Corea, tras preliminares recelos nacionalistas, abrieron sus puertas a la tecnología occidental y, ahora, se codean con sus maestros.
Nos dicen los autores Ruben G. Oliven y Arlei S. Dami, que los más duros adversarios del futbol fueron, sin embargo, los anarquistas, comunistas, socialistas y sindicalistas. Las razones de este desdén nos explican muchas cosas, aun hoy, en la visión ideologizante del mundo y de la política, de parte de algunos grupos y dirigentes: peligro de explotación del futbol por los ricos, desviación mental de los trabajadores por la lógica estructural del futbol (campo para la libertad creativa dentro de un esquema de juego colectivo) y liberación de "los proletarios" del control de sus jerarcas, gracias a la movilización futbolera los fines de semana en unión de sus familias y de la comunidad para confraternizar y disfrutar. En fin, el futbol, opio del pueblo, "religión laica de los trabajadores", según Eric Hobsbawn, no fomentaba, según esta mentalidad pétrea, la conciencia de clase. No se ajustaba a los cánones revolucionarios.
Y si el futbol era el mismísimo diablo para este tipo de mentalidad, Mussolini y Hitler, en cambio, entrevieron en él su potencial propagandístico y de alienación popular, como fue, asimismo, instrumento de propaganda para las dictaduras militares de Argentina, en 1978, y de Brasil, en 1970. De este modo, el futbol ha estado expuesto al rechazo ad portas o a su manipulación, de parte de los adversarios de la libertad. Pareciera que este es el sino de los mas relevantes productos de la cultura moderna.
En el centro está la virtud. Ni exaltación irracional ni condena a priori. Ni idolización ni temor. El futbol, como la globalización, debe ser sometido a parámetros humanos para extraer de él toda su potencialidad, antes que, como todo lo auténticamente popular, caiga en malas manos.