Un mundo de contrastes: la interminable violencia en el Oriente Medio y el campeonato mundial de futbol en Corea-Japón, cuya realización compartida constituye por sí misma un signo de amistad.
La señal más clara del inicio de una paz auténtica entre israelíes y palestinos será, sin duda, un partido de futbol entre ambas selecciones, así como lo fue de liberación la apertura del estadio de Kabul, en Afganistán, tras su clausura por los talibanes para convertirlo en escenario de matanza. En este sentido, uno de los más hermosos monumentos políticos fue el discurso del exprimer ministro Rabin, poco antes de su muerte, sobre la necesidad de ir construyendo la paz a punta de intercambios de gestos personales en el orden de la salud, la educación, el deporte y otras expresiones civilizadas.
Si en el Oriente Medio imperan la violencia, la anomia, el odio y la muerte, y hasta cobran protagonismo los niños suicidas, en el Mundial de futbol reinan la vida y la paz, presiden los partidos un árbitro, signo de autoridad y de orden, y un conjunto de normas, inspiradas en el juego limpio, y se han posesionado de sus amplios dominios, donde ya no se pone el Sol, dos escenas del más puro humanismo: la salida de los jugadores al campo de juego cada uno con un niño de la mano y el intercambio de camisetas, primero entre los jugadores, terminada la lucha deportiva, y, ahora, entre todos los aficionados de todos los continentes, a la salida del estadio. El futbol como instrumento de paz y educación; el intercambio de camisetas como expresión de amistad. El deporte como modelador del espíritu, más allá del poder del dinero y la competencia.
El papa Juan Pablo II condensó este mensaje en una escena inolvidable, el domingo pasado, en el Vaticano, al reunirse con centenares de muchachos integrantes de un campeonato de futbol en la calle, organizado por la Federación Italiana de Juego de Futbol, en 30 terrenos improvisados en la Vía de la Conciliación, en Roma. En esta oportunidad, el Papa definió el futbol como "testigo de fraternidad" y clamó por la promoción de numerosas iniciativas en el mundo a favor de los niños. En el autobús de la barra tica, camino del estadio, la canción "Y otro gol", del grupo Gandhi, nos emociona y nos hace pensar: "En las calles de mi barrio corre un niño tras un balón...". "La paz reina en la nación. En lugar de guerra, futbol...".
Dos escenas: en los partidos de futbol en Corea, centenares de niños se apostan fuera del estadio, en espera ansiosa para ocupar las graderías que quedan vacías. En el partido entre España y Paraguay, en Jeonju, los extranjeros recibimos de manos de bellas doncellas un botón de rosas.
El futbol al servicio de la educación, de los niños, de la fraternidad. No es pura retórica. Es la oportunidad que nos espera.