La semana pasada nos dejó en la boca y en el alma un sabor a podredumbre: un médico mercader de pastillas abortivas y que, ante la impotencia económica de las pacientes-víctimas, les propone, el muy desgraciado, la paga en especie en la cama. Luego, el terrible titular de La Nación del jueves pasado: "Violador condenado a 20 años es director de liceo", seguido por un vibrante editorial al día siguiente.
Ese mismo día precisamente, nos escribió una joven, sin revelar su identidad. Su firma: "Una mujer más". La noticia de La Nación -expresa- "reverberó" en su mente. "Soy -dice- de los que temen y callan". (El ataque del agresor sexual se materializa brutalmente en el acto y se prolonga en la memoria, el sufrimiento y la impotencia de la víctima).
Transcribo una parte de su testimonio y desahogo: "Tengo 24 años y soy víctima de abuso sexual, sé las marcas que una situación de este tipo deja en la vida de una mujer, sé lo que se siente luchar contra ti misma para asegurarte que no fue tu culpa, sé lo que es levantarte cada día y luchar contra eso. Pero más que eso, sé lo cruel que es ver a tu agresor continuar con su vida, como si nada, como si las heridas que te causó no tuviesen ningún significado".
"No puedo imaginar la impotencia y la rabia de esta mujer (otra de las muchas que viven lo mismo), que tuvo que ver a su agresor continuar con su vida como si nada hubiese ocurrido, que se enfrentó a un tribunal para que se dictara una sentencia en contra de este hombre, y el Ministerio de Educación le premió con un cargo de director. Uno de los problemas más serios que enfrentamos las víctimas de abuso es el miedo a enfrentar a tu agresor, es ver más allá de lo que sucedió y poner la cara, para tratar de meter a la cárcel a un malnacido (sí, esa es la palabra correcta) y saber que todo tu esfuerzo no sirvió de nada... Es un síntoma de que la sociedad en la que vivimos permite los abusos de todo tipo sin pena alguna".
No conozco el nombre ni la carta del degenerado, quien, gracias al arma poderosa del miedo y del silencio (las mismas del totalitarismo) se divierte, como muchos otros, en busca de otras víctimas, carentes del sentimiento de culpa, esto es, del último baluarte del sentido de lo humano. Pudiera ocurrir que este comentario sea su única sanción. O pueda ser que no, pues creo en el poder liberador y acusador de la palabra, que ningún degenerado o tirano nos puede arrebatar.
(Ya ven. Hay temas mucho más importantes que el Tratado de Libre Comercio).