Con el paso de los años, la muerte se encarga de desgranar la mazorca de aquellas amistades nuestras que, por probadas y valiosas, estarían destinadas a perdurar. Recientemente fue Franco Cerutti el amigo leal que se marchó.
Lo había conocido hacia la mitad de los años setentas, a propósito de la Biblioteca Centroamericana que él había formado y que, en ese entonces, se encontraba en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Costa Rica. Simpatizamos inmediatamente, y no sólo por proceder de la misma ciudad italiana de Génova; por haber estudiado, a distancia de años, en la misma Universidad, y por haber leído bastante de los mismos libros, por lo menos en la época de nuestra respectiva formación, cosa que, según se ha dicho, es razón importante de comprensión entre la gente; simpatizamos, decía, sobre todo por las virtudes intelectuales y humanas que él poseía y por las que su gentileza le hacía encontrar en mi persona.
Era bibliófilo culto y selectivo, adicto a la lectura, coleccionista de libros, conocedor de una cantidad descomunal de ellos y de editoriales, ediciones y autores de medio mundo. Tenía un gusto literario exigente y seguro y un olfato absolutamente confiable en cuanto a la seriedad de estudios y ensayos que se publicaran.
Polifacético y humano. Historiador, genealogista, literato, periodista, crítico y en algún momento de su vida, director de teatro, poseía un riguroso y agudo espíritu de investigación y la capacidad de imaginar y reconstruir con viveza personajes, épocas y ambientes. Llegó a ser profundo conocedor de historia y cultura centroamericana y a escribir y publicar libros como: Guzmán en Costa Rica (Edit. Costa Rica, 1980); El Guegúence (Edit. Bulzoni, Roma, 1983), Los Jesuitas en Nicaragua en el siglo XIX (Edit. Libro Libre, 1984), Centroamérica e Italia, publicado en 1984 por la Asociación cultural italiana "Dante Alighieri". En 1986 publicó España querida (Edit. Instituto Costarricense de Cultura Hispánica). Se dedicó, asimismo, a historia europea, por lo que publicó, en 1983, con la editorial de la UACA, Religión y política en la Edad Media.
Para la Editorial Libro Libre, realizó también una labor de compilador, presentador y seleccionador de textos, por ejemplo en Páginas sobre la libertad (1985) y en La Reforma ilustrada, de Gaspar Melchor de Jovellanos (1987).
En los años más recientes, estaba realizando estudios sobre los últimos Duques de Galliera, personajes destacados y algo novelescos de la historia genovesa, italiana y europea del siglo XIX. Sería realmente interesante que tales investigaciones llegaran a ver la luz pública, en vista de la intensidad de la época en que se ubicaron los personajes: período posnapoleónico y Segundo Imperio francés; era victoriana y expansión colonial; revoluciones políticas y sociales; desarrollo industrial; apertura de los mercados; desarrollo de transportes, comunicaciones y operaciones financieras internacionales; apertura de los mercados; realización de la Unidad de Italia y del Reich alemán.
Fue colaborador constante de la página quince de La Nación, que le hizo el más acertado de los homenajes al publicar, el día de su funeral, el que sería su último artículo: Crónicas, ensayos y poesías.
Franco Cerutti fue un verdadero humanista, por su amor a la cultura, en sentido renacentista, centrada en la palabra y en los libros. Liberal y libre pensador, dotado de una brillante independencia de juicio, rehuía de los absolutismos, pero, a diferencia de muchos relativistas superficiales, no transigía con valores que tuviesen que ver con su propia dignidad personal y con una convivencia civilizada, como la honestidad, el señorío, el apego a la palabra dada, la lealtad y la sinceridad. Porque sincero era hasta lo extremo. Esto lo indujo, varias veces, a la polémica. Era caballero y cortés. Le era ajeno el servilismo, tanto como la envidia.
Como buen liberal, era tolerante con todas las opiniones, creencias y formas de conducir la vida, pero lo que él consideraba debilidad mental, charlatanería, hipocresía, mala fe y vulgaridad siempre era castigado por su ironía o más bien despiadado sarcasmo.
Pudorosa sobriedad. La experiencia del mundo, de los "casos perdidos" y de la gente acentuó su escepticismo e hizo que, en los últimos años, viviera más bien aislado, cultivando unas cuantas amistades, dedicado a leer y escribir. Terminó escribiendo preferentemente sobre literatura y, por lo general, en la medida en que se consideraba en la posibilidad de hablar bien.
Gran conversador, expresaba su pensamiento con estilo preciso y selecto, nunca retórico. Rehuía más de lo obvio que de la paradoja. Era capaz de narrar personajes y situaciones, con estupenda memoria y capacidad descriptiva, propias del escritor que era. Sus cuentos, a veces anecdóticos, otras espectaculares, de vez en cuando matizados de nostalgia, como cuando narraba de su pasado y de su familia, siempre resultaban atractivos.
Sea que hablara o bien que escribiera, su austeridad genovesa siempre lo inducía a expresar lo más profundo y personal (sus recuerdos, la ternura, las preguntas sobre Dios y el misterio de la existencia) con respeto, con pudorosa sobriedad y, en ocasiones, con una ligera ironía.
Una inteligencia ilustrada, un espíritu honesto y libre, una exquisita cultura, un gran trabajador de las letras: por todo esto merece ser recordado Franco Cerutti.