La caída fulminante del gabinete Del Castillo y el nombramiento precipitado de Yehude Simon como nuevo primer ministro del Perú han servido de colofón a la hecatombe institucional desatada la semana pasada en el noble país andino. La crisis fue provocada por una sarta de audios infidentes –bautizados por la ironía limeña como el escándalo del PETROGATE– en los que Rómulo León Alegría, un antiguo ministro del primer Gobierno de Alan García y padre de una congresista del APRA, se lucraba con decenas de miles de dólares mientras amañaba la licitación de unos lotes para la exploración petrolífera, involucrando en sus contubernios a sendos gerifaltes del partido de la estrella solitaria.
El peor temor de los apristas se ha hecho realidad. Con el enorme y agobiante pasivo de un primer gobierno kafkianamente corrupto, García, desde el instante en que se ciñó la banda presidencial, procuró por todos los medios evaporar de la memoria colectiva de los peruanos las repelentes escenas de corrupción que protagonizó su entorno más próximo en la década perdida de los ochenta. Apostando por un Gobierno de tecnócratas vinculados a la empresa privada y a las reformas neoliberales, García redujo los sueldos estratosféricos de los funcionarios del Estado, recortó el gasto público, emprendió campañas de moralización administrativa y juró que combatiría con ardor templario cualquier atisbo de podredumbre en su gestión.
Su fracaso. Y ha cumplido con su promesa. Los audios se han cobrado como víctimas a varios pesos pesados del Gobierno. El recambio aprista para las próximas elecciones era –¿es?– el premier defenestrado, Jorge del Castillo, íntimo amigo y defensor de Alan mientras este se mantuvo en el exilio. Del Castillo cumplió razonablemente con los objetivos políticos de su gestión: contención de los ataques de la oposición, solución de los problemas que marcaban la agenda y relanzamiento de la imagen del país. Sin embargo, fracasó en lo más importante, en lo único urgente: redistribuir eficazmente la riqueza en un país que soporta con estoicismo los rigores de la miseria.
¿Quién es Yehude Simon? Hijo de palestino e italiana, tras pasar ocho años de su vida en la cárcel acusado de apología del terrorismo por la autocracia fuji-montesinista, el nuevo Premier tiene que enfrentarse a la resurrección senderista que no ha dudado en liquidar con salvajismo cosaco a quince militares en el peor atentado desde que el APRA llegó al poder. Simon es un buen gestor y un converso con olfato. Fue un marxista recalcitrante, un filo-terrorista convicto y confeso, pero hoy cree, o al menos afirma creer, en las bondades de la privatización y en la libertad empresarial. Se ha reciclado. Por su particular aggiornamento , Simon no ha dudado en pactar con el APRA en Lambayeque, otrora feudo inexpugnable del partido de Haya de la Torre. Sin embargo, si bien se proclama admirador de Lula, no tiene el aparato de masas del PT y su minúscula formación, el Partido Humanista Peruano, no pasa de ser un embrión amorfo incapaz de sostener amplios consensos. Ha batido en su carrera imparable hacia el cargo de premier al paladín del capital, Pedro Pablo Kuczynski, y ello sí que es preocupante.
Voces disidentes. Aunque la felina reacción de García obtuvo resultados inmediatos, el problema renacerá después, cuando la bancarrota mundial termine por alcanzar las costas peruanas. Se esperaba la elección de Kuczynski para mantener la ortodoxia económica y capear el temporal. Sin embargo, esta vez, ha triunfado la política. Con la elección de Yehude Simon, García garantiza, o al menos así lo piensa él, un pacto con el centro izquierda –la famosa izquierda caviar–, el mismo espectro que acaba de hundirle la daga a su gabinete.
Sin embargo, surgen ya las voces disidentes de este conglomerado de intereses que amenazan con fiscalizar a García, pese a la elección de un hombre próximo a su talante, como lo es el nuevo Primer Ministro. Por lo demás, Yehude, el candidato, terminará derrotando a Simon, el premier, y eso es lo que pretende García, consumado Saturno en el arte de devorar a sus propias criaturas.
“Ratas”, “víboras”, “felones”, “fariseos”. Alan se desgañita empleando su barroca artillería de insultos y ametrallando con furia justiciera a los corruptos que han infectado las más altas esferas de su régimen. Sin embargo, las palabras, las hermosas palabras, esta vez, no serán suficientes para acabar con las suspicacias que ha despertado el Petrogate. “La mujer del César no debe estar ni siquiera bajo sospecha”, sentencia el gran Plutarco. Los ministros de Alan eran sospechosos. Por eso, encandila contemplar cómo este animal político se desprende de los lazos amicales y lucha por la supervivencia de su auctoritas Principis . Lo acusan de corrupción, y él responde con regionalismo. Lo tildan de gañán del capital, y él apuesta por encumbrar a un converso del marxismo. Este es, señoras y señores, García en su elemento.
Los viejos apristas. Solo cabe apoyar al Gobierno en su tardía e infructuosa reforma del Estado. Si el APRA termina canibalizado por sus propios fantasmas, todo habrá terminado. De este trance, el nacionalismo chavista y antisistema de Ollanta Humala sale fortalecido, y puede ganar una elección. También, ¿por qué no?, el vendaval de Keiko Fujimori, la hija congresista del Samurái en su laberinto.
Alan trastorna las variables, otorga mayor protagonismo a las regiones, aúpa al que otrora fuera un defensor del radicalismo y apuesta por un remozado gabinete plural. A pesar de ello, como en los funerales del APRA, esas tenidas en las que brilla la mística del partido, los discípulos de Víctor Raúl Haya de la Torre entonan sendos cánticos de duelo y frustración.
“¡En el dolor, hermanos!”, suelen exclamar los viejos apristas cuando uno de ellos sucumbe ante la muerte. Hoy, basta ver las caras de los militantes de la “Casa del Pueblo” para comprender hasta qué punto el aprismo se ha visto comprometido por la felonía de algunos de sus militantes. Y cómo hiede el funeral. Provoca decir, con Manuel González Prada, que en el Perú, infelizmente, donde se pone el dedo, salta el pus .