Para algunos, la Torre Eiffel, la Estatua de la Libertad y el Monumento Nacional (de Costa Rica, por supuesto), no debieran existir. Levantar cada una de esas moles fue un empleo equivocado de recursos que debieron dedicarse a fines prácticos, aunque carentes de interés histórico, cultural o turístico. Después de todo, cualquier población puede vivir sin quejas, y hasta prosperar, en una galeronada como las que veíamos en las películas sobre la conquista del Far West . Sin embargo, apoyo la decisión de las autoridades del Instituto Nacional de Seguros (INS) de abordar un problema, que de toda forma tiene que ser resuelto, mediante una solución, además de práctica, creativa y embellecedora. Me parece que hay exageración en algunas de las reacciones suscitadas por el proyecto del INS de hacerle al edificio central de esa entidad un arreglo que, además de resolver un ineludible problema de acceso, agrega a la ciudad de San José una novedad turística y cultural.
Hasta donde he podido leer y escuchar, las objeciones se basan en que el costo de la obra parece ser demasiado elevado, y es ahí donde creo que se pierde la perspectiva. En primer lugar, de no llevarse a cabo el proyecto, habría que adoptar otro más apropiado desde el punto de vista del costo, pero con toda seguridad este no sería despreciable. ¿Cuál sería la diferencia de costos entre ambos proyectos? En segundo término, nadie podría demostrar que legal y financieramente se podrían tomar los recursos ya destinados a la obra para el fin que a cada cual se le ocurra, por muy loable que pudiera ser la intención: si así fuera, podríamos caer en el argumento de que el INS debe vender todo su patrimonio, incluidas la obras de arte que le pertenecen –entre ellas las piezas que integran el Museo del Jade– y todas sus edificaciones para, una vez convertido en dinero contante y sonante, dedicarlo a los fines que determinada instancia política establezca. Las consecuencias de una decisión como esa son evidentes y no creo que nadie persiga ese resultado.
Ni desperdicio ni mala inversión. Por último, quienes ven en la ejecución del proyecto un desperdicio o una mala inversión, parecen olvidar que la mejora del edificio, no importa su magnitud, se conservará como parte del patrimonio de la institución y, en ese sentido, no se diferencia básicamente de la adquisición que, en buena hora, hizo el INS de la colección –entonces privada– de piezas de jade, base del actual Museo. En efecto, el Museo del Jade no salió de la nada: el INS compró la colección inicial, que pasó a ser un bien suyo y del país. ¿Diríamos que cuanto se pagó en aquella oportunidad “se desperdició”?
Todavía más: se ha calculado, con certeza razonable, que la utilización turística de los elevadores panorámicos y del mirador previstos en el proyecto, así como el esperable aumento en el ingreso de observadores al Museo, permitirán recuperar en alrededor de diez años la inversión.
Nadie me hizo caso. Si hemos apostado a la explotación del turismo y aprobamos los intentos que se hacen desde las dependencias gubernamentales y municipales por hacer de San José una ciudad más atractiva y más vivible, no veo las ventajas de imponerle al INS una pichicatería que probablemente lamentaremos después. Hace sus añitos, cuando yo era joven, hice, como hacen algunos ahora en torno al proyecto del INS, ludibrio sobre la construcción de la plaza de la Cultura. Hoy lo lamento, pero me complace saber que nadie me hizo caso.
Una versión previa de este artículo había sido escrita y enviada para su publicación antes de la extraña destitución del licenciado Germán Serrano Pinto, pero, usando una expresión más bien pachequiana, queda el derecho al berreo.