Mucho se ha escrito sobre el proceso de paz en Colombia. Me temo que ninguno de cuantos se han referido al asunto hayan padecido alguna vez en carne propia las consecuencias de las balas, oficiales o "revolucionarias", de un secuestro extorsivo, o de las torturas de las Fuerzas Armadas, de las guerrillas, de los paramilitares o de los narcotraficantes.
Cuando en Colombia todavía no se hablaba de guerrilleros sino de bandolerismo, ya Tiro Fijo hacía fila en una larga lista al lado de Sangrenegra, Chispas, Desquite, Efraín González, Pistocho y tantos otros de nefasta memoria que enlutaron la nación con sus crímenes atroces.
Sanguinario y cruel. Manuel Marulanda, Tiro Fijo o como se llame, es el mayor genocida de América. Es el secuestrador más famoso, un torturador sin piedad, sanguinario y cruel como ninguno. Por supuesto que no es el único. Ahí están el FNL y Carlos Castaño, ahí estuvo el M19 y por ahí estuvieron y siguen estando muchísimos más.
Cualquier colombiano que tenga una finquita, un negocito o que se gane la lotería vive "boletiado" y sabe que el 20 por ciento de lo que tenga le corresponde a la FARC, 20 por ciento al ELN, 20 por ciento al narcotráfico, 20 por ciento a los secuestradores comunes, 20 por ciento a los paramilitares, 20 por ciento al gobierno y el 60 por ciento para quienes les dé la gana entrar en el negocio. En fin, hay que repartir el 200 por ciento de lo que se tenga, con todos los sinvergüenzas, so pena de perder hijos, esposa, padres y, en el mejor de los casos, la propia vida.
¿Y las autoridades? Bien gracias. Y la justicia sigue encapuchada; jueces sin rostro. ¿Habría vergüenza más grande que encapuchar la majestad de la justicia? Darle a los jueces el aspecto de los criminales cuando efectúan sus fechorías? (Perdón, que tenían los criminales, porque ahora salen en todos los medios, abrazados con presidentes, premios Nobel y un sin fin más de pacifistas de champaña y frac).
"Justicia" es la clave de la paz. Pero a los colombianos, desde tiempos inmemoriales, se nos dieron dos alternativas: esperamos justicia en la vida eterna o, como se dice en Costa Rica, nos sacamos el clavo; pero, para ser lo uno se necesita ser santo y para lo otro criminal.
Como colombiano, se me hace un revoltijo de vergüenza, tristeza y rabia cuando veo al Presidente de la República abrazando criminales, negociando con ellos, entregándoles oficialmente 40.000 kilómetros cuadrados del territorio (cuando todos sabemos extraoficialmente que por incapacidad de las autoridades, especialmente de las Fuerzas Armadas, dominan un 90 por ciento del país). Ahora son 40.000 kilómetros cuadrados en donde la FARC es soberana y si un colombiano, incluido el Presidente, quiere ir, debe pedirle permiso a Tiro Fijo y éste, en caso de acceder, pondrá a sus secuaces armados hasta los dientes para asegurarse que el Presidente, las autoridades y los ciudadanos no lleven siquiera un cortauñas. Y el artículo 24 de la constitución al diablo; el 22 y el 11 y el 12 y el 4 al demonio.
Hace 16 años, el Presidente, padre del Presidente, en su discurso de toma del poder hablaba de la paz para los colombianos, pero pareciera que gobierno, guerrillas, bandoleros, paramilitares, narcoguerrillas, etcétera, creen que paz no se escribe con z sino con el dedo en el gatillo. Pas, pas, pas... y tres muertos más.
La paz solo puede construirse sobre la justicia, no sobre la impunidad. La paz no se negocia, la paz se construye con trabajo, con esfuerzo, con amor, con valor, con honradez.