Después de un tira y afloja de varias semanas, cada uno de los bandos contendientes se había dedicado a desempeñar fiel e inexorablemente su papel. Pero Castro y los dirigentes del exilio cubano en Miami apretaron el acelerador en sendas jugadas de desesperación para forzar un nuevo giro en el drama por la custodia de Elián.
Sin embargo, todo parecía estar dentro de un guión con cierta dosis de predecibilidad y ambig,edad estudiada. Pero ninguno de los protagonistas, como en las narraciones populares o las series de televisión, revelaba el potencial de sorprender con una acción repentina de consecuencias imprevistas. Así estaba la película hasta la madrugada de lo que antiguamente se llamaba Sábado de Gloria. La mezcla de blitzkrieg , chapuza de matones y operación quirúrgica que se ejecutó para capturar a Elián González superó con creces todos los temores. El exilio creía que el sistema norteamericano no se atrevería a usar la violencia. La opinión pública, entre irritada y resignada, testificaba que Washington se conformaría con seguir la inexorabilidad de la inercia. Nadie parecía observar lo obvio: el imperio más potente del planeta era ridiculizado por la evidente carencia de visión, diplomacia y decisión. La cuerda se había tensado hasta el límite peligroso.
A la defensiva. Obsérvese que este capítulo, que puede no ser el final, había comenzado cuando Fidel Castro decidió aceptar el reto lanzado por sus antagonistas y, con el consejo del abogado que le había prestado Clinton, resolvió enviar al padre del balserito a los Estados Unidos, pero con ciertas cautelas. En lugar de desembarcar en Miami, llegó a Washington. El imperio era colocado a la defensiva.
La familia de Elián en Miami, ante la aparente decisión de la fiscal Janet Reno, efectuó una fuga hacia adelante y rehusó cumplir la orden terminante de entregar al chaval. Después de emitir un vídeo en el que el chico declaraba (al estilo de los prisioneros de guerra en Vietnam) que no quería regresar a Cuba, se expuso al arresto por desacato, rozó la incitación al amotinamiento y se arriesgó a un final del conflicto por las malas, como ha sucedido.
Más nervioso. Cuando la desesperación se había posado sobre las calles de la Pequeña Habana, una maniobra adicional añadió combustible a la caldera. El tribunal federal de Atlanta emitió un fallo transitorio que confirmaba la demora de la deportación hasta que se agotara la apelación. Pero en un nuevo capítulo de cobardía e hipocresía, no se implicaba en el espinoso tema de la custodia. El imperio se puso más nervioso.
Mientras tanto, la simultaneidad de la decisión de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU al condenar a Cuba con el veredicto de Atlanta paradójicamente representaba un nuevo triunfo para Fidel Castro: ahora todo el planeta se confabulaba contra su régimen. Por unas semanas o unos meses podría seguir ocultando el deterioro de la economía, el congelamiento de la evolución política de Cuba, y la represión contra los disidentes, al amparo de lo que va a vender como un acoso mundial contra su régimen y su nación.
El imperio seguía observando, a la espera de la siguiente movida de Castro, sobre todo según lo que siempre le ha convenido más: que el chico se quede permanentemente en los Estados Unidos. Con la ralentización del proceso, Castro consigue distraer la atención de su pueblo a causa de la bofetada recibida en Ginebra. Con Elián en Miami, seguiría explotando la tribuna que ha construido delante de la embajada de EE. UU. en La Habana. Clinton y Reno temían que Castro siempre podía ejecutar una maniobra osada y arriesgada (como el derribo de las avionetas en marzo de 1996, incidente que provocó la aprobación de la ley Helms-Burton) para elevar la tensión y disfrutar del papel de víctima. De haber regresado Elián con su padre a Cuba hace unas semanas, Fidel se hubiera quedado sin un chivo expiatorio, obligado a ensañarse contra checos y polacos, autores del proyecto de resolución condenatorio de la violación de los derechos humanos.
Desafío al imperio. Mientras tanto, en el terreno norteamericano la cuerda se tensaba hasta el límite tolerable con la opinión pública ya un poco cansada de lo que se percibía como abuso y explícita discriminación positiva disfrutada por los cubanos, en comparación con los tratos recibidos por otros grupos de inmigrantes o exiliados. El exilio cubano seguía en vilo, pendiente de la resolución judicial del caso, pero jugando con el tiempo. Con una decisión negativa en Atlanta, la caída podía ser más dura. Sin nada más que perder, persistió en desafiar al imperio.
Ridiculizado, atizado por Castro, herido en su orgullo, carente de soluciones pacificas, el poder de Washington acudió a la cita con el desastre. Sorprendió, de la peor manera, a todos. Ahora, todos los protagonistas en el drama están perdiendo, más que hace unas semanas. Todos, menos uno: Fidel Castro. Curiosamente, se trata del principal culpable del deprimente espectáculo. Curiosamente, no hubiera conseguido sobrevivir cuatro décadas en el poder sin las docenas de chapuzas norteamericanas, desde Bahía Cochinos a la captura de Elián, desde el final de la crisis de los misiles hasta la ley Helms-Burton.
(*) Joaquín Roy es catedrático de Relaciones Internacionales en la Universidad de Miami. Es autor de siete libros sobre las relaciones hispanocubanas. Su nuevo libro, Cuba, los Estados Unidos y la Doctrina Helms-Burton, será publicado en junio por la Universidad de Florida