En una democracia votar es un deber, pero también es un derecho máximo. El deber se desprende del derecho y lo ratifica. Elegir al gobernante es privilegio de ciudadanos libres, pero la condición de ciudadano se obtiene por el ejercicio que se haga de los derechos políticos. Quien rechaza ejercer esos derechos niega su condición de ciudadano y, por lo tanto, no acepta tener deberes con la democracia.
Se convierte, así, en ciudadano neutro, en ciudadano sin ciudadanía. Sea cual fuere el procedimiento que señalen las leyes para elegir, el deber ciudadano solo termina cuando el gobernante ha sido elegido. Nadie puede decir, sin alejarse de una buena filosofía política, que ya cumplió por haber votado una vez, cuando la ley exige una segunda votación.
La condición humana. Ciertamente no es obligatorio votar por un candidato que no merezca completa confianza. Pero es conveniente pensar que la democracia ha sido permanentemente un sistema de valores relativos ya que tiene por fundamento la condición humana. Es difícil, casi imposible, que encontremos un hombre en el que podamos creer sin objeción alguna. Al depositar el voto, el ciudadano otorga un poder al que le adiciona el interrogante de la duda. El ciudadano es un hombre con fe en la democracia, pero tiene razonables cuestionamientos para los gobernantes que elige. Al ciudadano de razón nunca le ciega su fe porque sabe que su candidato es persona con grandes defectos.
Decía Chateaubriand que un hombre llega al poder solamente por lo que tiene de mediocre y se mantiene adecuadamente en él por lo que tiene de superior. Muy pocas personas reúnen estos elementos antagónicos, que son los que dan condición de hombre de Estado a un gobernante.
Estadista y pequeñez. Los ciudadanos nunca podemos escoger a la persona más inteligente, culta y honorable que exista en una nación. La política es un juego de medianías con una lejana posibilidad de encontrar a un ser superior. El estadista se da de tarde en tarde; la pequeñez, todos los días.
En ocasiones pareciera que el ciudadano tiene pasiones de jugador constante de lotería y cree que puede obtener el premio mayor. Al votar, como que cruza los dedos, fortaleciendo su voto, para que llegue a ser un gran gobernante el candidato de su simpatía.
En la situación actual de Costa Rica, la realidad no la podemos ocultar: solamente hay dos candidatos a la presidencia de la República, y por uno de ellos deberíamos votar, aun cuando hay personas que manifiestan que se quedarán en casa o anularán el voto porque ninguno de esos candidatos les agrada. Los defectos de los candidatos no deben condicionar el derecho que se tiene para elegir.
Sí votaré. De esta manera, habrá dos clases de voto: el directo, es decir, el del ciudadano que votará expresamente por uno de ellos, y el indirecto, que es el de aquellos que van a la urna electoral para anular su voto. Como en las elecciones del 3 de febrero uno de estos dos candidatos obtuvo una apreciable superioridad sobre el otro, de mantenerse la actitud de los que insisten en abstenerse o en anular, lógicamente las elecciones las ganará quien obtuvo más votos en la primera ronda. Esto quiere decir que no habrá neutralidad. El que anula su voto dará su apoyo indirecto al que obtuvo el mayor número de votos en la primera ocasión.
Confieso que prefiero votar positivamente y lo haré por uno de los dos candidatos, pero, eso sí, cruzando los dedos y con la suave ilusión de que bien puede ser posible que nos resulte un gobernante decidido a usar su calidad superior.