Gonzalo Ortiz Martín, diputado del Partido Unión Nacional y segundo secretario de la Asamblea Nacional Constituyente de 1949, presentó una de las polémicas propuestas constitucionales: la referente a la ciudadanía. Su propuesta decía: "La ciudadanía es el conjunto de deberes y derechos políticos que corresponden a los costarricenses de uno y otro sexos, que hayan cumplido dieciocho años de edad". Así, esta moción trajo a discusión la concesión del sufragio femenino, en sesión del 20 de junio de 1949.
Los derechos políticos de la mujer ya habían sido objeto de estudio y reclamo anterior. En la Asamblea Nacional Constituyente de 1917 se debatió el punto referente a los derechos políticos de la mujer. La moción del diputado Alvarado Quirós para extender el sufragio a la mujer fue desechada por votación de 16 a favor por 20 en contra. La mayoría se opuso, y algunos sostuvieron posiciones intermedias, como admitir el voto femenino "únicamente para elecciones municipales y concediéndolo a la madre, cabeza de familia, que tenga tres hijos varones o seis de ambos sexos, y a mujer titulada, por vía de ensayo". Hubo quienes señalaron que "no sabe si estarán capacitadas para ello", que "el sufragio femenino es más adecuado a otros países y nunca a los tropicales donde la mujer es tan apasionada" o que "con el voto femenino sufrirá mengua la virtud y la tranquilidad del hogar".
Más tarde, en la administración del presidente Teodoro Picado, se conoce un nuevo proyecto para otorgar el derecho de voto a la mujer. Don Teodoro planteó la reforma al artículo 9 de la Constitución de 1871, para que dijera: "La República no establece ninguna diferencia por razón de sexo en el ejercicio de la ciudadanía y, en consecuencia, las mujeres, a igual que los hombres, participan en las votaciones populares y pueden ser nombradas para el desempeño de cualquier función pública". Esta reforma, enviada al Congreso Constitucional el 4 de junio de 1947, no se aprobó.
Fue así como correspondió a la Asamblea Constituyente de 1949 discutir el tema. En ella, con base en la moción del diputado Ortiz Martín, se aprobó finalmente el artículo 90 en los siguientes términos: "La ciudadanía es el conjunto de derechos y deberes políticos que corresponden a los costarricenses de uno y otro sexo, mayores de veinte años". Y es el 30 de julio de 1950 cuando se da la primera votación en Costa Rica con participación femenina, con motivo del plebiscito realizado para determinar si los caseríos de La Tigra y La Fortuna seguirían perteneciendo al cantón de San Ramón o si, por el contrario, se adherían a San Carlos", donde las primeras votantes fueron Amelia Alfaro de Hidalgo, en La Fortuna, y Bernarda Vásquez, en La Tigra.
Las hermosas casualidades que tiene la vida me llevaron a trasladarme hace algunos años -con propósitos laborales- a La Fortuna de San Carlos. Al llegar, me era inimaginable que en esas tierras habría de escuchar, en esa linda tradición que es la narración oral de la historia de los pueblos, la vida precisamente de doña Amelia Alfaro Rojas, que llegó a la zona el 15 de mayo de 1940, en compañía de su esposo, don Antonio Hidalgo, y de sus entonces seis hijos, ya que, posteriormente, tendría dos más. La Fortuna había sido fundada, pero como era -lo sigue siendo- una zona muy rica, sus pobladores le cambiaron su nombre original de El Burío por La Fortuna. Contaba la hija de doña Amelia -doña Dora Hidalgo- que los funcionarios del Registro Civil encargados de efectuar el plebiscito se hospedaron en su casa, y que, agradecidos por las atenciones recibidas, le solicitaron a doña Amelia que los acompañara a votar a las cinco de la mañana para que fuera la primera en hacerlo; y así lo hizo, convirtiéndose en la primera mujer en ejercer el ciudadano derecho al sufragio en nuestra Patria.
Desde entonces, el gobierno de turno recuerda a una o a otra, en virtud de la bandería política imperante, ya que doña Amelia era liberacionista y ganó en el plebiscito pues votó por San Carlos, y doña Bernarda es -aún vive- mariachi y perdió al votar por San Ramón. Si tratara de homenajear a la primera, tendríamos que hacerlo con doña Amelia, que abrió las urnas en La Fortuna, mientras que doña Bernarda votó hasta las 11 a.m. Pero más allá de esta anécdota, al referirnos a estos hechos, debemos recordar también a Yolanda Oreamuno, a Carmen Lyra, a Angela Acuña y a todas las mujeres que durante muchos años y en diversas formas lucharon por que se le otorgase a la mujer los mismos derechos que a los hombres, porque fueron esas luchas las que hicieron posible que doña Amelia y las demás mujeres que votaron ese día fueran ejemplo de civismo cuando con su voto consolidaron para las generaciones venideras el ejercicio de un derecho sagrado: el de elegir, que en una democracia es su esencia misma porque es el acto en el que cada persona se enfrenta con su conciencia y con sus valores para decidir qué quiere de su futuro y del de sus hijos.
Hoy, muchos años más tarde, no nos es extraña la participación de la mujer en la política. Incluso tuvimos a una mujer aspirando a la Presidencia de la República, en lo que constituye un punto culminante de nuestra historia política, logrado gracias a las mujeres que, en el pasado, supieron asumir sus responsabilidades.