Hace algunos años, en un parque público de Curridabat, vi una escena de amor inesperada. Un nieto y su abuela jugaban juntos. Eso no sería inusitado si no fuera porque él tenía más de 30 años y ella sobrepasaba los 80. Él la columpiaba enérgicamente y ella se sujetaba a las cadenas de la hamaca en un play de madera. La señora rompía la resistencia del aire con el rostro y las rodillas por delante, dibujando un cacho de luna cada vez más pronunciado, desafiaba la ley de la gravedad y rugía mientras se carcajeaba.
Los demás miembros de esa familia de inmigrantes nicaragüenses se reían sosteniéndose las barrigas. La abuela volaba y todos eran felices.
Yo era el alcalde y tuve el impulso administrativo de llamarles la atención por estar usando unos aparatos de uso exclusivo para niños menores de 12 años. Sin embargo, enfoqué a mano la escena y vi todo con más claridad. Aquella era la celebración del cumpleaños de la abuela. Todos daban un uso noble al parque y, en el plano más amplio de las vicisitudes de la vida, también agregaban sustrato a unas nuevas raíces en un terruño ajeno. No hacían daño a nada ni a nadie. Calculé que la señora no pesaba más que un niño rellenito de 12 años. Hice nuevas valoraciones, me tranquilicé, vi la escena con asombro y, finalmente, resolví el asunto con un argumento administrativo actualizado: para mecerse en un equipamiento de parque, no importa la edad; lo que importa es el peso con respecto a la resistencia del aparato.
Una vez fuera del parque, me pregunté: ¿cuántos años habrán pasado desde la última vez que esta señora se meció con esa libertad y candidez? Las personas adultas mayores viven constantemente lo que ellas refieren como “esta es la última vez que haré esto”, y por esta experiencia, comprendí que lo más valioso que pueden conseguir del lugar que habitan es, por el contrario, la facilitación de lo que les permita comentar a los suyos: “Por más increíble que parezca, esta es la primera vez que hago algo así”.
El parque donde esto sucedió es un lugar, y lo que un lugar es capaz de dar es invaluable. Si un parque, una esquina, la calle, el patio medianero, el jardín, el sesteo bajo la copa de un árbol, la sección de verduras de un supermercado, un centro de recreación, un matojo, una huerta, una hacienda o un lote vacío, una escuela o un colegio, entre otros lugares, nos permiten recoger sensaciones y lecciones morales, entonces es válido afirmar que creamos espacios habitables para que contengan las experiencias de las personas, otras especies y elementos de la naturaleza. No lo hacemos para construir una obra como algo que se empieza y se termina, sino para desarrollar todas las cosas de las que somos capaces.
El lugar que habitamos es el ordenamiento del mundo que, desde lo humano, hace que los actos sean posibles, significativos y mostrables. Los paisajes, las villas, los barrios y las ciudades son donde hacemos todo lo demás que no es construirles, pero, paradójicamente, haciendo ahí de todo, es que les vamos construyendo y dando un carácter y sentido, principalmente porque nos incitan a deliberar, formar proyectos y desempeñar roles sociales. Esta conjunción deviene de la inevitabilidad del contacto y la reciprocidad.
Los lugares, con el tiempo, se inclinan con el peso específico de lo que hacemos. Si en ellos suceden actos malévolos con frecuencia y abundancia, el lugar propicia la competencia, el clientelismo y la depredación. Si, por el contrario, hay más actos de bondad, afloran el mutualismo, las relaciones simbióticas y la cooperación, por encima de barreras sociales, económicas e ideológicas aparentes. Los seres humanos somos coleccionistas de experiencias. Creamos lugares y los adaptamos persistentemente porque necesitamos nuevas experiencias para calzarlas con otras anteriores y llamar vida a una pequeña o larga cadena de recuerdos que siempre estarán ligados a su epicentro.
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Édgar Mora Altamirano es periodista, urbanista y administrador público. Fue ministro de Educación Pública (2018-2019) y alcalde de Curridabat (2007-2018).
