Cuando Allen Ginsberg llegó a La Habana cometió tres imprudencias -o impudicias- definitivas. Dijo que le gustaría acostarse con el Che Guevara, le dio una nalgada a Haydée Santamaría, una trágica heroína de la entonces muy joven revolución, y sembró con semillas de marihuana los tiestos de flores del hotel Habana Hilton.
¿No estaban acaso en el primer territorio libre de América? ¿No eran los rebeldes e iconoclastas años 60? Naturalmente, el escritor norteamericano, el ya famoso autor de Aullido, fue invitado a abandonar el país con cierta precipitación, pero tras él dejó liquidado, permanentemente acosado por la policía política, a su amigo y anfitrión, el también excelente poeta José Mario, quien acabaría encerrado en un campo de concentración hasta que pudo salir al exilio.
La anécdota me vino a la memoria ante la noticia de la muerte de Ginsberg en Nueva York, a los setenta años, afectado de un cáncer hepático que probablemente lo condujo a la decisión de quitarse la poca vida que le quedaba sin tener que desempeñar el triste e inútil papel de enfermo terminal. Quien siempre había defendido la libertad y el derecho a la sensualidad en términos estrictamente personales, debió pensar, muy kevorkianamente, que estar o no vivo pertenece a la esfera de las decisiones privadas, aunque ninguno de sus amigos o parientes han admitido públicamente esta posibilidad, tal vez por no verse implicados en lo que, técnicamente, acaso constituye un crimen.
Ginsberg fue, como se sabe, un gran poeta, pero, como a veces sucede, también encarnó otro papel: el de apóstol de una idea, de una corriente estética, incluso de una manera de entender el mundo. Ginsberg, de alguna manera, fue el profeta de la era hippy, su figura emblemática, su mejor icono. Mucho más representativo que los narradores Kerouac o Burroughs, sus más notables compañeros de generación literaria. Y hay en su muerte toda una carga simbólica, como si con él se despidiera para siempre uno de los más estremecedores acontecimientos de este siglo que también se nos apaga. Ginsberg tal vez fue el primer hippy. Y el último.
En efecto, en los años 60, tras los conformistas 50, apenas desalelados por la estridente aparición del rock, fueron apareciendo ciertos insólitos rasgos de comportamiento juvenil, fundamentalmente en Estados Unidos, que iban mucho más allá de una moda pasajera y superficial. No se trataba de ceñir o de liberar la falda y el pantalón, de cargar un enorme equipo de audio -como tontamente sucediera tiempo después-, ni de colgarse pendientes en la lengua, los genitales o el ombligo, como sucede ahora, sino de algo mucho más profundo y radical: la propuesta de cambiar totalmente el modo de vida, renunciar a los valores tradicionales y modificar de manera casi absoluta la apariencia personal.
Era una rebelión contra las jerarquías establecidas, contra la religión tradicional, contra todas las normas. Era la reivindicación hedonista del ilimitado derecho a gozar de los sentidos sin reparar en convencionalismos morales. El homosexualismo "salió del clóset". Las relaciones sexuales dejaron de ser ejecutadas por la pareja habitual, y, como en las orquestas, fueron surgiendo tríos, cuartetos y hasta sinfónicas que se trenzaban en una cama elástica de contornos cada vez más borrosos y mayores. Una película de la época se anunciaba con esta leyenda elocuente: "Todo lo que dos adultos que consientan hagan en la intimidad de la alcoba es legítimo... y si son tres es maravilloso".
Simultáneamente, se despreciaba el trabajo. No había imagen más vil y reaccionaria que la de un señor de pelo corto, traje, corbata y maletín de ejecutivo. Esa era la estampa del odiado establishment. Sólo los militares -esos cerdos- eran más despreciados, por cuanto representaban la violencia, la guerra, la imposición por la fuerza del podrido modo de pensar de la vieja sociedad que había que enterrar bajo una montaña de flores ecológicamente cultivadas en comunas o en parques llenos de niños felices. Era la era de Acuario, de la solidaridad, del desinterés, y de soñar un mundo en el que jamás se volvería a hacer la guerra, porque esas inmorales carnicerías tenían un origen erradicable: descansaban en la codicia del insaciable Primer Mundo. El movimiento hippy, aunque nunca tuvo un catecismo ideológico claro, reivindicaba las señas de identidad de un estereotipado Tercer Mundo -las greñas, los harapos, la frugalidad- y prescribía una forma de conducta basada en el rechazo al grosero consumismo.
Había en el hippysmo un obvio componente religioso, aunque se tratara de una religión sin Dios, sin altares, sin otra liturgia que la del LSD y sin otro incienso que el del cannabis.
El problema es que ese sueño de dulce nihilismo era, realmente, una fantasía que sólo podía haber surgido en sociedades económicamente poderosas capaces de mantener vivos y coleando a estos amables contestatarios. Mientras los hippies, uniformados como un ejército de pobres dotados de un débil instinto laboral, casi siempre mantenidos por sus perplejos padres, se lanzaban a la conquista espiritual del planeta proponiendo una vida austera fundada en el disfrute de los placeres naturales, los pobres de verdad, los que no tenían dónde caerse muertos, soñaban con trabajar para la IBM, ponerse una corbata, y adquirir a plazos un automóvil y una lavadora de platos. Los enemigos de los hippies no eran los burgueses amenazados sino los desposeídos de este mundo, gentes que no podían aceptar como destino permanente los rasgosde pobreza del mundo en el que habitualmente vivían. Mientras los hippies viajaban a la India o a Colombia a "encontrarse a sí mismo en la sencillez del Tercer Mundo", los hindúes y los colombianos querían viajar a Chicago o a Londres a encontrar la manera de comprar una casita con agua corriente y luz eléctrica.
El pleito se saldó como todos sabemos: poco a poco las comunas se fueron cerrando, el detergente y la tijera entraron a saco sin contemplaciones, y la vida volvió a su mezquina normalidad de mandar los niños a la escuela, comprar pan en la esquina y anhelar una existencia pastosa desarrollada en una vivienda plagada de vulgares electrodomésticos. Y es así, en este fin de siglo conservador y tranquilo, sólo alterado por el rumor de las Bolsas, bajo el signo zodiacal de la Internet, cuando Allen Ginsberg se despide cortésmente con un gran poema: De la muerte y la fama. No lo he leído. Por el título supongo que se trata de una resignada meditación final sobre la vacua futilidad de la vida. Es el último aullido del último hippy. RIP.
(FIRMAS PRESS) Madrid.