Hace más de 10 años, el genocidio en Ruanda dejó un millón de muertos en 3 meses de combates, dos millones de refugiados, 500 personas condenadas a muerte y 70.000 que aún están en la cárcel.
La tensión étnica en Ruanda no es nueva. Pese a históricos desacuerdos entre la mayoría hutu y la minoría tutsi, ambos grupos étnicos son muy similares, hablan el mismo idioma, comparten tradiciones y habitan las mismas áreas.
Los colonialistas belgas son responsables de establecer diferencias entre los hutus y tutsis cuando llegaron a Ruanda en 1916 y los tomaron como entidades separadas: tutsis superiores, hutus inferiores.
Los líderes tutsis aceptaron esa idea de superioridad y disfrutaron de los mejores trabajos, educación y beneficios económicos otorgados por los colonialistas.
El resentimiento hutu aumentó hasta que, en 1959, una gran rebelión mató a 20.000 tutsis. Miles de tutsis se refugiaron en Burundi, Uganda, Tanzania y Zaire.
La oportunidad de los hutus -liderados por Juvenal Habyarimana- llegó con la independencia de Ruanda en 1962, cuando, apoyados por Francia, tomaron el poder. En adelante, los tutsis serían -a los ojos del gobierno hutu- los conspiradores de las crisis en el país.
El genocidio llegó. Un factor que generó la guerra civil en Ruanda fue la crisis económica y la pérdida de apoyo popular de Habyarimana en 1991. Al mismo tiempo, los tutsis en el exilio, apoyados por países vecinos y hutus moderados, formaron el Frente Patriótico Ruandés (FPR), cuyo objetivo era derrocar a Habyarimana para asegurar a los tutsis el retorno al país.
Habyarimana llamó a una cruzada nacional hutu contra la amenaza tutsi proveniente del exterior. Las primeras víctimas fueron los tutsis residentes en Ruanda.
Después de intensas negociaciones entre 1993 y 1994, Habyarimana y el FPR firmaron en Tanzania la Paz de Arusha, inútil porque el avión de Habyarimana fue derribado en abril de 1994.
De inmediato, la guardia presidencial inició una campaña de "retribución", la oposición política fue eliminada y estalló el genocidio de tutsis y hutus. Los organizadores eran políticos, milicianos, guerrilleros tutsis y negociantes. Por supuesto, los medios de comunicación llamaron a interahamwe (atacantes unidos).
Repentinamente, los civiles se convirtieron en asesinos y recibieron incentivos del Estado y el derecho de apropiarse de las tierras y casas de los tutsis masacrados. Ante este panorama desolador, las tropas de la ONU debieron abandonar Ruanda. De nuevo no había nada que hacer. Tampoco había forma de saber quién había asesinado a Habyarimana.
Tres teorías. La primera es de la periodista belga Colette Braeckman, quien afirmó que el avión presidencial había sido derribado por dos soldados franceses del Destacamento de Asistencia Militar e Instrucción (DAMI).
Colette basó su argumento en la información de una comisión investigadora de Bélgica por la extraña muerte de diez soldados belgas que servían de protección al presidente Habyarimana. Francia negó haber tenido interés en asesinar a su viejo aliado.
La segunda es de Etienne Sengegera, exembajador ruandés en Kinshasa, Zaire (en aquel entonces), quien afirmó que el avión fue derribado por la Misión de Asistencia de las Naciones Unidas para Ruanda (Unamir) comandada por soldados belgas.
Sengegera afirmó que altos oficiales belgas apoyaban a la guerrilla tutsi del FPR, aparte de agregar que los misiles lanzados provenían del perímetro del aeropuerto patrullado por los soldados belgas de la Unamir. El gobierno belga negó tal vinculación y se apresuró a responsabilizar a las Fuerzas Armadas de Ruanda (FAR) por la muerte de Habyarimana.
La tercera es la versión de la Coalición Democrática de Uganda (CDU), en el exilio en EE. UU. y políticamente cercana al partido republicano, que aseguró que el avión de Habyarimana fue derribado por el FPR, guerrilla apoyada por el gobierno demócrata de Bill Clinton.
La CDU entregó documentos en embajadas y periodistas internacionales donde señaló a EE. UU. como el principal "conspirador" del descalabro político en Ruanda. Washington negó tales acusaciones.
Muchos países sabían de la masacre que se estaba gestando y evitaron por todo los medios dar a Ruanda el status de genocidio para no intervenir directamente.
De nuevo, el mal ganó la partida a la ONU y a la comunidad internacional que, como simples espectadores, volvieron la mirada hacia otro lado. Desafortunadamente, hay otras masacres sin resolver, cometidas por estados genocidas en Jenin, Sudán, Camboya, Etiopía, Somalia y Sudáfrica.