
Todos los años, a fines de diciembre, toda la gente de teatro, actores, directores, escenógrafos, boleteros, utileros, etc. que han entregado todos sus esfuerzos para crear ese mundo paralelo que nace y muere en el escenario, todos se reúnen en el Teatro Melico Salazar para disfrutar del “Día del Actor.”
El año pasado el evento sirvió para hacer un homenaje a los integrantes del Teatro Arlequín. Este homenaje no debe ser algo de un día que se olvida al día siguiente, por lo que se debe dejar constancia de sus creaciones, lo cual creo que puedo hacer ya que, por esas vueltas que da la vida, me tocó hacer el papel de cronista de todas sus actividades.
Recuerdos. Mientras estudiaba en Nueva York, serví de corresponsal del Diario de Costa Rica, por lo que, a mi regreso, fue lógico que entrara a trabajar en ese periódico para el que escribí artículos sobre temas literarios y culturales, y mantuve, por varios años, una crítica de teatro que firmaba con el seudónimo M. M. M. Asistí a los ensayos y estrenos del Teatro Arlequín e inicié una amistad, que aún perdura, con todos sus integrantes.
Todos eran aficionados y nadie ganaba ni un cinco por su trabajo y, más bien, a veces tenían que poner dinero para que el teatro no cerrara. Tenían diversos trabajos y dedicaban al arte sus horas de descanso. José Trejos trabajaba en una distribuidora de maquinaria y era el único que había tenido una experiencia teatral en sus años mozos en una universidad de EE. UU. cuando el director de la obra que iban a presentar lo encontró cara de gángster. A Lenín Garrido lo conocía desde la adolescencia. Su padre, don Tomás Garrido Canibal (Caníbal lo llamaron las señoras beatas) había sido Gobernador de un estado en México y durante su gobierno atacó a sangre y fuego los dos males que, para él, eran las cadenas que oprimían al pueblo: el licor y la Iglesia Católica.
Después de un período de advertencia, cerró todas las cantinas y todas las iglesias, y de ahí en adelante beber licor o ser sacerdote eran penados con la muerte. Graham Green escribió una novela sobre este régimen, El poder y la gloria , llevada al cine en dos ocasiones, la primera con Henry Fonda y la segunda con Lawrence Olivier. Tuve la oportunidad de ver con Lenín en Nueva York la primera versión y recuerdo sus palabras: “Todo está muy exagerado”.
El grupo inicial (después llegaron otros) lo formaron Daniel Gallegos, Lenín Garrido, Irma de Field (una especie de hada madrina), Anabelle Quesada, José Trejos, Kitico Moreno, Ana Poltronieri, Guido Sáenz, Virginia Grutter y Jean Mouleart. Su primer estreno, en el año 1956, fueron dos obras cortas La ventanilla y El mueble, de Jean Tardieu. El año siguiente presentaron Mis tres ángeles, de Sam y Bela Steward. En 1960 estrenaron Los pocos sabios, de Beto Cañas.
Experiencia dramática. Tal vez la experiencia más dramática no fue causada por una obra, sino por un evento, una tragedia. Presentaban El baile, de Edgar Neville, no en su pequeño local cerca de Chelles, sino en el Teatro Nacional. Durante el segundo acto, Beto Cañas llegó con la noticia: el grupo de ballet infantil que andaba en una gira cultural por Honduras había tenido un accidente y se hablaba de muchos muertos y heridos. Guido Sáenz, en la tradición de“the show must go on” decidió esperar a que la obra terminara para darle a José Trejos la noticia, ya que su esposa Maruja y dos de sus hijas iban en el autobús que se había estrellado. Inmediatamente se recurrió al Gobierno que puso todos sus canales oficiales a la orden de los parientes y el alivio que produjo que, aunque con heridas, Maruja y las niñas estaban vivas. “Fueron momentos de una angustia insoportable –me contó José –. La mayoría murió. Y yo que tenía tres seres tan queridos… todas se salvaron”.
Han pasado ya muchos años, del grupo inicial se han ido Lenín Garrido, Virginia Grutter e Irma de Field, pero los que quedan, ya algunos con canas, se reúnen a menudo a recordar aquellos gloriosos tiempos durante los que se enfrentaron a miles de dificultades, problemas económicos, indiferencia o rechazo de algunos sectores conservadores, pero nunca se dieron por vencidos en su afán de lograr un teatro de altísima calidad para beneficio de Costa Rica.