No sé qué pensarán Uds., pero lo peor que podría pasarle a don José Miguel Corrales sería llegar a la Presidencia, porque tendría que hacer o intentar hacer lo que ahora reniega. Inevitablemente, tendría que salir de su castillo de pureza -un lugar seguro, a prueba de errores-, enfrentarse con eso que antes llamábamos la realidad y agarrarse ya no con las ideas y los sueños sino con los problemas y las decisiones.
Y advierto que esta no es una diatriba ni pro ni anticorralista sino realista. Puede que de aquí a allá alguien haya resuelto la cuadratura del círculo o inventado la receta de cómo conciliar la nostalgia estatizante -Tiquicia antes de ser Costa Nica- con las necesidades de sacar a un país del limbo en un mundo neoliberal, salvaje, global, pero lo dudo. Sería más fácil encontrar el árbol de dinero que enseña la televisión.
No sé qué piensan Uds., pero de que estamos en el limbo de la inacción no hay duda. Y pocas cosas son más desgastantes que eso. Vivimos en el país de los diagnósticos. Difícilmente algún otro país del Tercer Mundo nos gana: todos sabemos lo que anda mal -y mucho-, pero nadie se compromete en soluciones colectivas. El debate -o no debate- del ICE puso de nuevo de manifiesto las debilidades de nuestra irresponsabilidad política: una democracia enredada en sus mecates esperando un liderazgo dudoso y a la vez desencantada de la política. Aquí no se promete lo que puede hacerse, pero tampoco se hace lo que no puede prometerse.
Tras una campaña que no sirve para aceptar los errores y las soluciones sino para olvidarlos, con una victoria electoral frágil, un sistema de partidos en descomposición y una concertación incipiente, mientras los problemas se acumulan a pesar de las aspirinitas -un plancito por aquí, un proyectito por allá, chiquitibumalabimbombam-, es difícil que el gobierno cumpla con su tarea: gobernar.
Entonces, ¿para qué sirve la democracia?