La renuncia a la Presidencia rusa de Boris Yeltsin puede ser vista como una salida inteligente
--casi la única que tenía-- del viejo político ruso, en un momento en que se encontraba totalmente desgastado física y políticamente, víctima de escándalos financieros y la imposibilidad de manejar un país que se le había ido de las manos. Es una especie de salida del poder por la puerta trasera, que le ha permitido una solución pacífica, negociando con su sucesor, Vladimir Putin, una especie de perdón o indulto general para él y su familia de los distintos escándalos y problemas que arrastró durante los últimos años.
Putin, sin embargo, no puede ser considerado como una copia más joven de Yeltsin. En primer término, no parece tener un talante de negociador fácil con Occidente, tal y como fueron sus predecesores, Gorvachov y Yeltsin.Su tradición es muy distinta de la de sus antecesores y parece más ligado al viejo estilo de Kruschev, Breschnev o de los distintos hombres duros previos a las reformas de 1989. Desde el año 1976, trabajó para la KGB, formando parte de sus servicios secretos en Dresden, antigua Alemania Oriental y, desde ese entonces, siguió una carrera cercana a los aparatos de seguridad soviética hasta 1989 y, posteriormente, a los cuerpos rusos, lo cual lo hace una persona muy grata para el Ejército y los sectores duros del universo castrense de Moscú y San Petersburgo.
Su posición para manejar la crisis de credibilidad política ha sido simple y brutal. En primer término, ha invocado un viejo nacionalismo chauvinista y ha encontrado justamente en la revuelta chechena un pretexto hecho a la medida para inflamar al pueblo ruso a su favor, aliarse con el Ejército, así como con el grupo de barones cercanos al Kremlim que manejan, desde hace algunos años, una especie de plutocracia cercana al poder, ligada a la mafia y poco dispuesta a abrirse a los controles del mercado que les ha exigido el FMI, el Banco Mundial y el Gobierno de los Estados Unidos. A esa mafia económica rusa, influyente en el Kremlin al amparo de Yeltsin, no le interesa ninguna apertura ni una transparencia real, pues ejerce una suerte de plutocracia sin capitalismo, en oscuros vínculos con el sector del poder y sus prerrogativas.
Vladimir Putin ha unido a ambos sectores, Ejército y mafias económicas, en una suerte de alianza nacionalista que, ciertamente, puede generarle como nuevo Presidente una gobernabilidad de la cual careció Yeltsin en los últimos años. En efecto, el resultado de las últimas elecciones parlamentarias demostró un claro descenso de los sectores comunistas y de otros grupos, y un fortalecmiento de la opción Putin.
El principal problema de Putin, sin embargo, es que hereda un país en plena bancarrota, con una inflación galopante, con los índices de productividad abosolutamente estancados o regresivos y, además, con un sector político, judicial e institucional que no genera confianza para la inversión extranjera. Curiosamente, en las mismas bazas a las que se puede amarrar el Presidente interino Putin para fortalecerse en el poder radica también su principal debilidad. Ese escenario no genera credibilidad en Occidente, ni apoyo internacional, menos aún en un momento en que Moscú prepara una carnicería salvaje en Chechenia. Con un país que no es viable económicamente y con un sistema de corrupción generalizado, el chauvinismo nacionalista no le bastará a Putin para sacar a Rusia del atolladero.