Cuando hablamos del socollón (el último o el próximo) ya no está claro si estamos hablando de sismología, economía o tecnología. En Costa Rica son frecuentes las tertulias y discusiones respecto a los socollones, la conclusión principal de dichas discusiones siempre parece converger sobre el mismo concepto: "...que nos agarre confesados!".
Podríamos discutir hasta ponernos azules si el terremoto de abril fue mejor o peor que el paquete tributario, o si las pensiones con cargo al presupuesto del Estado son más o menos peligrosos que construir un edificio sin una sola varilla, o si aferrarnos a una tecnología obsoleta (como el fax y los cajeros automáticos) es mejor o peor que volver a construir un edificio exactamente igual, y en el mismo lugar, al que se cayó durante el terremoto.
Una de las características principales de los socollones sísmicos es que no sabemos cuando vienen, y siempre nos agarran desprevenidos. Los terremotos económicos también nos agarran desprevenidos, a pesar de que es fácil verlos venir, ¿acaso no era previsible el socollón de la deuda interna que estamos a punto de sufrir? Si un país durante 26 años gasta más de lo que produce, ¿no es obvio que se debe venir un socollón? La pregunta que debemos hacernos es pues por qué si el evento es obvio que va a ocurrir (como la devaluación del año 81), ¿por qué en este país nos agarra a todos (o casi todos) desprevenidos?
Los socollones tecnológicos, hasta ahora, han sido menos severos. Incluso los cambios rápidos y radicales (como la introducción del disco compacto o el fax) han sido lentos en comparación con otros tipos de socollón (aunque sus efectos sean tan profundos y devastadores). Hoy ya nadie discute acerca de la velocidad del cambio tecnológico. Todos sabemos que la velocidad del cambio es cada vez mayor y que sus implicaciones tienen cada vez más vasto alcance.
La introducción del computador personal a finales de los años setentas fue un socollón que cambió el mundo para siempre. Tenemos, sin embargo, evidencia que sugiere que si el lugar de trabajo del trabajador de cuello blanco hoy es totalmente diferente al de hace 20 años, este cambiará muchísimo más durante los próximos 10 años. Los socollones tecnológicos parecieran tener la característica de no solo generar cambio, pánico y desconcierto sino que además generan más socollones.
Los socollones tecnológicos son inevitables, pero algunos son totalmente predecibles. El impacto del cambio tecnológico sobre la educación es bastante obvio. En un futuro cercano (por ejemplo, durante la vida laboral de nuestro hijos) ejercer una carrera, profesión u oficio durante toda la vida será un recuerdo o una añoranza. La necesidad de recapacitar a la población varias veces durante su vida productiva tendrá un impacto profundo sobre la economía de empresas y países. Aquellas economías que no vean venir el socollón a tiempo, no podrán responder y por lo tanto perecerán. La inversión en educación y capacitación deberá aumentarse muchas veces más de los niveles actuales.
El socollón al sistema financiero nacional era obvio que se venía no sólo por la necesidad de corregir los trastornos sufridos hace casi cincuenta años, sino por el tamaño de la brecha tecnológica en relación con los países desarrollados. Ahora que finalmente está llegando el "animal grande" de la desregulación vemos cómo entes públicos y privados hacen cuantiosas inversiones en tecnologías obsoletas e insisten en esquemas financieros no sostenibles. La no sostenibilidad de un esquema financiero se da también por cambios tecnológicos. Un ejemplo claro es el cobro de comisiones al comercio por el uso de las tarjetas de plástico. Hace 20 años, dicho cobro estaba basado en el riesgo que asumía el emisor de la tarjeta cada vez que un tarjetahabiente la utilizaba. Hoy el riego no existe ya que las transacciones se consultan en línea, pero el cobro persiste ¿a cuenta de qué?
Cuando la realización de la obsolescencia de los cajeros automáticos se termine de difundir, vendrá otro socollón. Este socollón tendrá vastas consecuencias mucho más allá del cambio tecnológico. La entrega de efectivo en punto de venta (para lo cual se deberán eliminar las comisiones) hará el sistema nacional de pagos mucho más eficiente. El fácil acceso al efectivo, junto con la seguridad, agilidad y velocidad de las transacciones electrónicas en punto de venta (sin necesidad de la llamada telefónica que todo lo atrasa), eliminarán enormemente el uso del papel moneda. Esto acelerará la velocidad del flujo de dinero, lo cual incrementará el crecimiento económico y reducirá drásticamente el margen de intermediación financiera (cuyos niveles en Costa Rica rayan en lo ridículo).
Pero probablemente el socollón más bonito que vamos a vivir en los próximos años sea el que producirá el comercio electrónico. El comercio electrónico basado en redes abiertas (como Internet) tienen el potencial de hacer mercado más perfectos. Hace 20 años los camaradas se daban gusto diciendo que el concepto de mercado perfecto era un sueño de opio de los liberales. Hoy ya no solo no es utópico sino que está creciendo a un ritmo vertiginoso (ya el año pasado el comercio electrónico generó $500 millones). El comercio electrónico existe hace más de veinte años. La diferencia es que ahora la motivación ya no es solo la reducción de los costos transaccionales sino también el aumento en transparencia y equidad de las transacciones. La motivación que existía antes de "amarrar" a los clientes (creando barreras de salida) ha sido eliminada por las redes abiertas, en particular Internet. El gobierno Federal de los Estados Unidos es hoy el más grande usuario de comercio electrónico. El 18% de todas las inversiones en comercio electrónico provienen de ese sector.
Al eliminar el concepto de distancia, el comercio electrónico permite un gran número de participantes en el mercado (de manera que ninguno puede afectar el precio), hace disponible toda la información de las condiciones del mercado a todos los participantes y elimina las barreras de entrada o salida al mercado. Lo mejor de todo es que, al hacerse los mercados más perfectos, se maximiza la producción y se minimizan los precios, de manera que los participantes en el mercado obtienen suficientes utilidades para permanecer en el negocio, no más. Claro está que más de uno se va a sentir amenazado por toda esta transparencia e intentarán tapar el sol con un dedo y hablarán de estándares, de seguridad, de legalidad (papelitos hablan), de esto y de lo otro.
La naturaleza sísmica de nuestro país nos ha enseñado a vivir de socollón en socollón. Sin embargo, empresarios y políticos parecieran siempre inclinarse por posponer el socollón. No hacen falta dos dedos de frente para darse cuenta de que, al posponer el socollón, lo único que se logra es hacerlo más grande y devastador.
En general, en Costa Rica no les tenemos miedo a los temblores, a menos que pase mucho tiempo sin temblar. Igual pasa con los socollones económicos y tecnológicos: por favor dejen que los socollones nos meneen. No los traten de evitar, ya que solo logran posponerlos, y eso nos da mucho miedo.