Las páginas de los Evangelios nos ofrecen profundas y prácticas lecciones, a menudo inesperadas. Por ejemplo, el conocido episodio en el que una mujer derramó a los pies de Cristo un costoso frasco de perfume nos presenta una actitud muy común en la actualidad: el “síndrome de Judas”.
El indignado traidor criticó el “desperdicio” de recursos, y cuestionó cuánta “ayuda a los pobres” se hubiera podido hacer con el valor del perfume.
Tal vez no es relevante plantearse si este pasaje demuestra que Judas inventara el populismo, la demagogia o el clientelismo. Pero sí es un modelo que, por desgracia, ha cundido en Costa Rica, donde los adeptos del “síndrome de Judas” sabotean inversiones justas apelando a pretextos mezquinos y “economías” mal entendidas.
El “síndrome de Judas”, por ejemplo, justificaría que una persona vista andrajosamente con la excusa de que es mejor comprar alimentos. Claro, su desagradable apariencia le dificulta conseguir un buen trabajo cuyo salario cubra ambas necesidades. Parece absurdo, pero es la manera de pensar de cierto sector de nuestra población y, sobre todo, de algunos políticos.
Espantajos urbanos. Así, los edificios públicos causan vergüenza y hasta temor. Da pena mostrar a los dignatarios extranjeros (o a cualquier persona) los pasillos y oficinas del Congreso, de casi todos los ministerios, y ni hablar de la modestísima Casa Presidencial. Estos espantajos urbanos incumplen casi toda norma de salubridad y de seguridad para empleados y usuarios por igual, como suele denunciar la prensa.
Pero basta que alguien se atreva a sugerir la construcción de un nuevo edificio para alguna de estas instituciones, y surgen mágicamente decenas de “Judas”. Se rasgan las vestiduras ante el gasto “superfluo”, preguntando cuántas casas de interés social podrían construirse con esa plata. Erradamente, algún sector de la prensa se contagia del “síndrome” y contradice sus propias denuncias. Resultado: seguir remendando huecos y matando ratas, aunque sea más caro.
Igual sucede con los viajes presidenciales, donde se ha llegado al sonrojo de obligar al mandatario a conducir las relaciones internacionales desde la “clase turista” o, peor aún, a pedir aventón aéreo al presidente de otro país. Todo para evitar las preguntas de los “Judas” por la “ayuda a los pobres”, de la cual, como su antecesor bíblico, quizás esperen beneficiarse.
Identidad y progreso. El “síndrome de Judas” ha convertido en pecado mortal conmemorar hechos históricos, invertir en fuentes de energía, informar sobre la gestión de gobierno, mantener a los partidos políticos, elegir alcaldes, organizar recepciones diplomáticas, el referéndum, y muchas otras cosas esenciales para la identidad y el progreso del país.
No se busca disculpar los odiosos abusos cometidos una y mil veces con fondos públicos; tampoco se niega la importancia de la inversión social, pero que no sirvan de pretexto para dejar en abandono la infraestructura, presentar al mundo una fachada ruinosa o disfrazar de “caridad” la avaricia. No en vano Judas acabó por vender a su propio Maestro.
Nuestros sabios antepasados no se dejaron vencer por el “síndrome de Judas”. De lo contrario, no tendríamos Teatro Nacional, orquestas sinfónicas, universidades, museos ni carreteras. Como dignos hijos de nuestros padres, debemos realizar las inversiones necesarias, las cuales ayudarán más a la dignidad de los costarricenses que el asistencialismo demagógico. Si aspiramos a ser un país desarrollado, también debemos aparentarlo. No olvidemos la respuesta de Cristo a Judas y hagamos lo que realmente tiene valor.