El final de una guerra mundial genera un fugaz vacío político que rápidamente llenan, de alguna forma, los triunfadores. Después de ganar la Guerra Fría, que enfrentó a las dos superpotencias, Estados Unidos, con el aval de las otras grandes potencias económicas y militares (Japón, Gran Bretaña, Alemania, Francia, Italia y Canadá), implantó su visión liberal sobre la economía mundial. Faltaba, en la ecuación política, qué fuerza mantendría el orden en este nuevo mundo. Esta duda se despejó ante los ojos de todos a través de la televisión que cubre la agresión serbia en Kósovo. OTAN lo hará. Evidentemente, a las Naciones Unidas se le asignará una función subisidiaria, muy lejos de la misión de mantener la paz mundial que sus fundadores soñaron.
A OTAN se le confiará reducir los riesgos de que un potencial Hitler o Lenin o Stalin, sin armas nucleares o con ellas, desate un desastre mundial sin precedentes. El mundo necesita orden para su desarrollo. Las guerritas serán inevitables, pero no se tolerarán conflictos que amenacen la paz mundial. La paz, a su vez, permitirá un desarrollo económico sin precedentes de los pueblos que se incorporen con ventaja a la globalización de una visión liberal de la economía.
Frenar abusos. Pero hay una diferencia sin precedentes con previos empeños de implantar la paz. Hasta Kósovo, la fuerza se ha aplicado para imponer intereses estratégicos tales como asegurar el suministro esencial del petróleo, por ventajas económicas o ganancias territoriales. Lo que está sucediendo en Kósovo responde a una decisión de frenar abusos a los derechos humanos y, eventualmente, castigar a quienes los cometen.
Ausente del panorama político del mundo están las protestas de estudiantes que fueron un notorio espectáculo de las décadas del 60 -durante Vietnam-, del 70 -cuando tiraban piedras a los centros culturales norteamericanos- y del 80 -cuando cientos de miles marcharon en las capitales europeas para protestar por el emplazamiento de cohetes norteamericanos en el continente.
Es también interesante atestiguar lo que hace el paso del tiempo en las personas. Bergard Schroeder fue un izquierdista radical durante su juventud y Josehka Fischer fue otro radical que organizó la violencia callejera protestando por amenazas percibidas a la paz. Hoy son, respectivamente, el canciller y el ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, que ordenan a soldados alemanes participar en una acción bélica en Europa por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial.
Guerra de conciencia. La razón del silencio de los estudiantes hoy es que la acción de OTAN contra Milosevic y sus secuaces no es una guerra de intereses económicos o territoriales. Es de conciencia. El genocidio y el desplazamiento de una población étnica entera la puede atestiguar cualquiera en la televisión. Tanto Kris Janowski, vocero de la Comisión de Refugiados de la ONU, como Gunter Verheugen, vocero del Ministerio de Relaciones Exteriores alemán, han caracterizado a Milosevic como "uno de los más terribles criminales de este siglo y debe ser tratado de acuerdo con ese criterio."
Si a la agresión étnica de Serbia a Kósovo no se le pone fin pronto, OTAN enfrentará dos opciones: el apaciguamiento de Milosevic o la intensificación de la guerra. Ninguna de las alternativas está libre de riesgo. hay que recordar que fue este terrible dilema lo que llevó a Washington a embrollarse más en Vietnam.
Además, si el involucramiento de OTAN en los Balcanes logra la creación de un Kósovo independiente, sus relaciones con sus vecinos serán automáticamente tensas, y OTAN quedará con la responsabilidad de garantizar su seguridad.
Finalmente, si OTAN defiende los derechos de los kosovares, ¿por qué no el de los kurdos, de los tibetanos, de los kashimires o de los chechenos, para citar algunos?
La responsabilidad de ser el policía en un mundo inestable no es una misión fácil. Nunca lo ha sido. Quizá la esperanza de que se logre una paz duradera se pueda encontrar en el hecho de que es una alianza la encargada de imponerla y, para lograrlo, se requiere consenso.