En una casa alquilada del barrio de Amón, en que vivía con mis padres y hermanos hace sesenta años, tuvo lugar un día a la hora del almuerzo una conversación de sobremesa que quedaría grabada para siempre en mi imaginación. Mi padre, hombre sin educación secundaria, que había amenazado con matar a un cura si su padre lo inscribía en el Colegio Seminario, y mi madre, bachiller y maestra "normalista", se enfrascaron de repente en un intercambio electrizante.
Historia. Nos encontrábamos en plena Segunda Guerra Mundial y mi padre seguía día con día las desgracias de los ejércitos francés e inglés frente a la embestida salvaje de los nazis. Papá había obtenido de los "cables" periodísticos (además de viajes a Europa sufragados por sus trabajos midiendo fincas pantanosas en las llanuras de Limón) la educación que se había negado a recibir de un colegio católico. Papá y mamá, ambos pasionalmente alineados con la causa aliada, ese día se atrevieron a ver las cosas con un poco de perspectiva histórica. Se preguntaron cómo iría a ser el mundo en el primer año del siglo XXI, mucho más allá de la guerra en curso. Para mamá, la cuestión no ofrecía dificultad para ser contestada: "No habrá siglo XXI. Nostradamus profetizó que el mundo se acabará durante el siglo XX". Papá se mordió la lengua para no denigrar las supersticiones de su esposa y dijo: "Los aliados van a sobreponerse a estas derrotas, con muchos sacrificios y la ayuda creciente de los Estados Unidos. Pero el curso del mundo en el siglo próximo lo determinará lo que decidan los chinos". Volví a la escuela esa tarde muy pensativo, ponderando cuál de dos alternativas sería menos inconveniente para mí: si disiparme en un apocalipsis nostradámico o ser aplastado por el "peligro amarillo".
La noticia. Hoy el año uno del siglo XXI está por terminar. Nos encontramos, supuestamente, en otra guerra mundial, la tercera, aunque no sea por lo menos hasta ahora la pavorosa tragedia atómica que temimos tanto tiempo durante la Guerra Fría. Creo que hoy como ayer nos es útil ver los acontecimientos con un poco de perspectiva. Dentro de menos de dos meses las revistas y los periódicos importantes proclamarán cuál haya sido la noticia más importante del año.
Hoy hace dos meses (escribo el 11 de noviembre, día del armisticio de la Primera Guerra Mundial) no hubiera tenido dudas sobre cuál debiera ser ella. Hace tres días me decía mi médico: "El mundo cambió radicalmente el 11 de setiembre: ahora sabemos que no podemos estar seguros" (obviamente, el era todavía un niño cuando la crisis de los misiles sobre Cuba). Pero yo mismo, al ver por televisión cómo caían las dos Torres del Comercio Mundial, había sentido que me daba un infarto.
Esta mañana, sin embargo, leí en La Nación que China había sido admitida en la Organización Mundial de Comercio ; y esta tarde, en la edición digital del New York Times , vi a los habitantes de Shanghai bailando al otro lado del mundo hasta altas horas de la noche para celebrar esa admisión. No me cabe ninguna duda: la noticia más importante de este año uno debe ser la incorporación del "Reino del Centro" (como se denomina a sí misma China) al mundo globalizado.
Como ven, hoy dejé a un lado mis libros de filosofía y he estado, como papá, educándome con la lectura de los periódicos. También leí que Ottón Solís no ha satanizado la globalización (solo el neoliberalismo) y que la Alianza del Norte en Afganistán parece haber consolidado su conquista de Mazar-i-Sharif. Son buenas noticias. Pero a los enemigos de la sociedad abierta no los van a vencer las bombas ni los argumentos lógicos. Los vencerá la globalización del comercio. Papá tenía la perspectiva adecuada: el mundo se irá por donde se vayan los chinos. Es cuestión de contar. Y en cuanto a contar, los chinos manejan bien el ábaco. Es hasta probable que ellos mismos lo hayan inventado.