
El general Efraín Ríos Montt, quien se acerca ya a los ochenta años sin haber perdido un ápice de sus ambiciones de poder, no es el primero de los ancianos extravagantes y sombríos en la historia de América Latina que, a pesar de arrastrar tras de sí una sangrienta cauda de crímenes, en este caso nada menos que la cuenta de cien mil muertos entre hombres, mujeres y niños, sube aún a las tribunas para hablar delante de grandes masas de partidarios. Porque el general se haya en campaña electoral una vez más, a pesar de que el Tribunal Supremo Electoral de Guatemala acaba de resolver, por segunda vez, que no puede presentarse como candidato, según el mandamiento constitucional que impide a los responsables de golpes de Estado aspirar a la presidencia.
Aquel golpe de Estado que encabezó en 1982 es uno de los más memorables en la historia de Guatemala porque, pese a la brevedad del gobierno a que dio paso, tan solo de dieciocho meses, la política de “tierra arrasada” que se impuso no había tenido precedentes en su magnitud, lo que ya es bastante decir en un país marcado por la más oscura y desenfrenada represión, desde el golpe militar que derrocó en 1954 al presidente Jacobo Arbenz. Campearon los juicios secretos sumarios, las desapariciones, los cementerios clandestinos, el exterminio de aldeas indígenas enteras –448 en los departamentos del Quiché y Huehuetenango según un informe elaborado por la ONU– y fueron creadas las Patrullas de Autodefensa Armada, verdaderas escuadras de ejecución.
Mesianismo y represión. Graduado en la conspicua Escuela de las Américas de la zona del canal en Panamá, el general pasó a ser cofrade de la exclusiva logia de altos militares que siempre ejerció el verdadero poder en Guatemala, a través de golpes de Estado o detrás de la leve cortina de solícitos gobiernos civiles, y en 1976 apareció convertido a la Iglesia del Verbo, secta fundamentalista pentecostal de la Gospel Outreach, que tiene su sede en Eureka, California, y que se estableció en Guatemala tras el terremoto que golpeó a la capital en 1976.
Al general le gusta que le cuenten la leyenda milagrosa de que el 23 de marzo de 1982 se encontraba, biblia en mano, explicando el mensaje milenarista de los misioneros del Verbo a un grupo de recientes conversos, cuando una patrulla de soldados apareció para anunciarle que el general Fernando Romeo Lucas García acababa de ser derrocado y que los cabecillas del golpe le rogaban que asumiera la presidencia.
Su cruzada para erradicar la insurgencia armada de los grupos guerrilleros, unidos ahora bajo el paraguas de la URNG, no podía sino ser mesiánica, tomando en cuenta su exaltada militancia religiosa, y en su furia represiva, a imitación mejorada de algunos de los pasajes del antiguo testamento, se decidió a terminar con lo que llamaba “los cuatro jinetes del moderno Apocalipsis”: el hambre, la miseria, la ignorancia...y la subversión. Él sería el quinto de eso jinetes, y el mejor armado.
La guerra santa había empezado, y el redentor del milenio habría de aparecer en la televisión para explicar por medio de sermones semanales, siempre la biblia en la mano, el alcance purificador de su régimen. El buen cristiano, sentenciaba, es “aquel que se desenvuelve con la Biblia y la metralleta”. No era nada nuevo. El general Maximiliano Hernández Martínez, que ordenó una masacre de miles de campesinos indígenas en Izalco, en 1932, comparecía en la radio para explicar, en alocuciones de una hora, el poder de los flujos magnéticos del péndulo y su propia facultad de descubrir fuentes de agua bajo la tierra.
Abstemio incoherente. En 1999, el Frente Republicano Guatemalteco (FRG), partido hecho a la medida del general, ganó la mayoría absoluta de los asientos del Congreso Nacional, y entonces se hizo elegir presidente del poder legislativo e hizo elegir vicepresidenta a su hija Zury Ríos Sosa, quien no cesa de llamar a su padre “un hombre de principios”, ahora que lo acompaña otra vez en sus giras electorales. Alfonso Portillo, candidato triunfante a la presidencia de la República por el mismo partido, y a quien el general se sacaba por segunda vez de la manga, dado su propio impedimento, había llevado adelante su campaña bajo el eslogan poco pudoroso de “Portillo a la presidencia, Ríos Montt al poder”.
Si alguna vez la Corte Suprema de Justicia le ha quitado la inmunidad parlamentaria al general para que pudiera ser juzgado por los tribunales, no ha sido ante ninguna acusación de genocidio, sino por el delito de corregir fraudulentamente una ley que fijaba la tasa de impuestos de las bebidas alcohólicas, rebajándolos a la mitad, algo bastante extraño en alguien que, por causa de su fe, tiene que ser un abstemio empedernido.
No es lo único extraño en la vida del anciano general. En su campaña a la presidencia, al parecer sin esperanzas, se hace acompañar en su helicóptero no solo de su hija, aparente heredera de su trono, sino también del antiguo jefe guerrillero Pedro Palma Lau, el “comandante Pancho”, uno de sus más ardientes seguidores. Los tres salieron huyendo de la tribuna, perseguidos con piedras y palos, al comenzar apenas un acto de propaganda en Rabinal, Baja Verapaz, donde ese mismo día se enterraban las osamentas de 60 víctimas asesinadas en las dictaduras de Romeo Lucas y del propio Ríos Montt.
El quinto jinete del Apocalipsis volvió grupas para huir a galope tendido.