Cuando éramos chiquillos, vivíamos en Guadalupe. Los cuatro hermanos y algunos amigos solíamos jugar en la calle frente a casa, que era la célebre carretera de don Braulio Carrillo, con la cual pretendía el gran estadista llegar hasta Limón.
Un día se nos ocurrió una nueva regla que introdujo mayor interés en algunos juegos: el que pierde, gana. Se trataba de hacer el menor número de puntos posibles y obligar a los otros a ganar.
En estas pasadas elecciones, que nos tienen a todos sobre ascuas, bien se puede aplicar esa norma y gritar que el que pierda, ganará. En el caso de don Ottón Solís es muy claro que ya es un vencedor, aunque no gane las elecciones, pues ha logrado crear un movimiento que agrupa literalmente a la mitad de los costarricenses, habiendo gastado una cantidad de dinero muy inferior a su contendiente y apoyándose sobre todo en el trabajo voluntario de sus seguidores.
Parece bastante evidente que muchos que votaron por don Ottón lo hicieron por oposición a don Óscar Arias, quizás por el recuerdo de que grandes figuras del Partido Liberación Nacional fueron cuestionadas y hasta enjuiciadas por los escandalosos actos de corrupción que llevaron a dos expresidentes del PUSC a prisión y a un tercero, liberacionista, a una fuga que continúa. También porque rechazan el Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos tal y como quedó -con muchas omisiones importantes-, después de que fue aprobado por los negociadores costarricenses.
Falta de eficacia. Hace cuatro años, don Ottón Solís quedó con un importante capital político. Sin embargo, no supo administrar con efectividad esta fuerza política. Adoptó medidas que dividieron la fracción parlamentaria del PAC y demostró, con actos muy concretos, poco respeto para aquellos grupos que disintieron de su parecer.
A pesar de su excelente preparación académica, mostró que carece del feeling indispensable para actuar con eficacia política.
Recordemos que la política es tanto un arte como una ciencia, y que por lo menos la mitad de sus actos están gobernados por la fortuna, que puede ser buena o mala, según las célebres palabras de Maquiavelo. Don Ottón, si no llegara en esta ocasión al poder, tiene la posibilidad de adquirir, en estos cuatro años que vienen, más tolerancia con el parecer de sus partidarios y una mayor capacidad para negociar con sus adversarios, condiciones esenciales para que un político tenga éxito. Quizás así se pueda convertir en un verdadero estadista y ganar las próximas elecciones por una mayoría abrumadora.
En cuanto a don Óscar Arias, aun ganando las elecciones, ya es un perdedor porque pasó de tener una inmensa popularidad, que lo acompañó por años, a ser rechazado por un grupo muy considerable de costarricenses; también es perdedor porque tiene que sentirse defraudado por el número de votos tan reducido que ha obtenido, cercano al 40% y tan lejano del aquel 49,5% que le otorgó una encuesta de Unimer. En vez de ganar holgadamente, si triunfa, lo hará dejando los pelos en el alambre, como decíamos antes.
Además, encontrará una Asamblea Legislativa muy fragmentada, que le dificultará mucho la aprobación, por ejemplo, del TLC que tanto necesita Costa Rica para convertirse en un país desarrollado, según don Óscar.
Tiranía o populismo. Para terminar, mucho se ha criticado a quienes nos hemos abstenido de votar, calificándonos incluso de malos patriotas.
Ese 34% de abstencionistas tuvo muchas razones para no votar. Una de ellas, quizás la más importante, es que nuestra democracia falla en sus mecanismos para elegir candidatos a la presidencia con posibilidades reales de éxito.
El dinero sigue condicionando demasiadas decisiones políticas en una sociedad que económicamente está cada vez más lejos de contar con una mayoritaria clase media -hoy cada vez más cerca del umbral de la pobreza-, condición indispensable para que funcione una democracia moderada, según el sabio decir de Aristóteles. Sin ella podemos caer, por un lado en una tiranía, o, por el otro, en un populismo demagógico.