Atocha, Santa Eugenia, el Pozo del Tío Raimundo, tres nombres que nos decían poco, antes del 11 de marzo, a los costarricenses poco familiarizados con el área madrileña. Pero uno solo, el del “Pozo”, cuando nos cuentan un poco de su historia y realidad, dejan al descubierto la irracionalidad extrema e inhumana de este terrorismo, de todo terrorismo.
Los periodistas presentes en uno de los colegios electorales del Pozo del Tío Raimundo, en el distrito de Vallecas, al sureste de Madrid, nos narran una escena doblemente significativa en la mañana del día de las elecciones del domingo 14. Varios lazos negros, una pancarta en la que se lee “No al terror, sí a la paz” y, entre la gran afluencia de votantes, un notable número de jubilados y ancianos que son los más madrugadores. Muchos de ellos reciben ayuda de los delegados de la Junta Electoral para rellenar las papeletas porque, como lo explica alguien, “la mayoría de nuestros mayores no aprendieron a leer ni a escribir”. No es de extrañar. Se trata del remanente de una población paupérrima que migró a Madrid hace décadas y se ubicó en la zona en busca de supervivencia. Son una evocación de tiempos más duros, cuando en medio de barrizales construían sus chabolas –tugurios– durante la noche, porque se encontraban en zona prohibida para el asentamiento habitacional. Lavaban sus pobres ropas en la fuente pública y armaban sus tendederos en las calles. Todavía en los años 70, sus condiciones de vida eran precarias.
Extrema marginación. Hubo una época cuando, al menos en medios de la Iglesia Católica, “el Pozo” y la miseria extrema de sus pobladores pasaron a ser de preocupación pública, cuando empezó a conocerse de la labor social que realizó allí entre los marginados ese extraordinario jesuita que fue el P. Llanos. Dedicó 40 años de la vida al trabajo en este barrio. En el estrecho contacto con el sufrimiento de los pobladores del Pozo el religioso experimentó esa evolución personal que le llevaría hasta la entrega más completa y al compromiso político, incluso en el Partido Comunista de España. Todo un símbolo y, al mismo tiempo, un indicador de lo que pudo ser la extrema marginación de la zona hasta la llegada de la democracia.
Como en toda la zona de Vallecas, la población fue luchadora. Allí se gestaron las primeras Asociaciones de Vecinos de Madrid. Pasaron de la miseria al esfuerzo organizado, a las reivindicaciones en el campo del desempleo, de la vivienda, de la escolaridad, la cultura, el urbanismo. De las actividades para ayudar al “vecino pobre” pasaron a exigir al Estado la creación de nuevos modelos sociales donde las condiciones de vida fueran más equitativas. Y de allí fueron más allá: a la búsqueda de un cambio político, de la democracia que tardaría en llegar hasta finales de los años 70. Desaparecida la dictadura lograrán que, con la llegada de los gobiernos socialistas, se derriben las chabolas, se construyan viviendas dignas, se asfalten las calles y se mejore el transporte y otros servicios.
En pie de lucha. Esto dice apenas un poco de lo que ha sido el Pozo del Tío Raimundo y otros barrios del distrito de Vallecas. Aún hoy sigue siendo una barriada obrera, con una población heterogénea, también con inmigrantes y gitanos, cargada de nuevos problemas de des-empleo, droga, sida, cárcel y desestructuración familiar. Aún hoy siguen luchando: por la capacitación de adultos para el trabajo, por los menores en situación de riesgo, tratando de superar la amenaza de la insolidaridad y el miedo que van ligados a esos mismos problemas. Un barrio sufrido. Sin embargo, de manera increíble, estos pobladores de este humilde y valeroso rincón madrileño, con esta historia y este presente, fueron uno de los objetivos directos del ataque terrorista del 11 de marzo.
El terrorismo y la guerra, la violencia como arma política, económica o militar, a cualquier nivel, siempre son recursos de lo irracional, son negación de lo humano, por más que se trate de buscarles explicación. Pero cuando recaen sobre los civiles, los pobres, los inocentes, su sinsentido queda por completo al desnudo, sin posibilidad de ningún disfraz ideológico. El Pozo del Tío Raimundo, tras el 11 de marzo, es un espejo en el que se reflejan algunas de las más profundas contradicciones de la sociedad contemporánea.