Según el columnista Carlos Alberto Montaner, la condición de subdesarrollo latinoamericano tiene orígenes culturales ( La Nación 27/08) . Pero la historia demuestra que la cultura no es el factor determinante del progreso. Diferentes culturas prevalecen en distintas épocas. Sin embargo, algunos valores sí perjudican el avance de las sociedades. El progreso, como dice Montaner, no depende ni del tamaño de las naciones ni de su ubicación geográfica (compara a Costa Rica con Nicaragua, a Barbados con Haití y a Canadá con Rusia). Ciertos valores sí retrasan el avance.
Dos conceptos muy costarricenses, el pobrecito y el serrucho, son fatales para el desarrollo. El primero, elimina las consecuen-cias de los errores y el segundo, el estímulo del éxito. Como nadie debe asumir completamente las consecuencias de sus yerros, nadie tampoco merece los laureles de su trabajo. Así las deudas se condonan, las pérdidas se socializan, el año penal es de ocho meses y lucrar es mala palabra.
Ante esta actitud hacia el éxito y el fracaso, no es de extrañar el miedo a la excelencia y la aversión al riesgo del costarricense. Esta aversión solo produce mediocres resultados. Al no arriesgar, se cae en una paralizante complacencia. Pocas instituciones representan mejor estas cualidades costarricenses que la Asamblea Legislativa.
La poca disposición al riesgo que tenían los políticos la mató el combo. Ya ni siquiera permiten que lo controversial se vote o se discuta, como ocurre con la reelección y las privatizaciones. Los pocos proyectos que sobreviven el filibusterismo se diluyen hasta la intrascendencia (simplificación tributaria, TLC con Chile y reformas electorales).
Por dicha tenemos a Nicaragua, citada por Montaner, para compararnos. Ante las recientes declaraciones del presidente Alemán, los costarricenses no podemos más que sentirnos orgullosos de los políticos nacionales. ¡Qué alivio!