Más allá de Naranjos Agrios, en Tilarán, hubo un hombre que ganó fama por ser muy bueno para volar machete.
Una tarde, tras la jornada de “tapa” de frijoles, durante la cual marcó el paso violento a una docena de peones, los perros lo alertaron de que alguien se acercaba.
Entonces vio llegar desde el corral a un hombre quizá cuarentón, de mediana estatura, flaco y encorvado, pálido y de paso lento.
El desconocido solo cargaba un envoltorio en saco de gangoche, amarrado con cuerda de pescar, que el avezado orillero no dudó en identificar como un machete y, seguramente, una lima.
Después de que Chico Barrera regañó a sus perros, pudo escuchar la voz tímida del extraño.
–Señor, me dijeron que usted da trabajo...
Chico Barrera volvió a examinarlo de arriba a abajo, lo miró una vez más a la cara y no pudo evitar pensar que aquel hombre estaba enfermo.
–Es que ya tengo peones; si no, con mucho gusto le hubiera dado...
–Solo unos jornalitos, señor, para ganarme algo –insistió el visitante casi en tono de súplica–.
Chico Barrera lo observó de nuevo, mientras el hombre esperaba su respuesta cabizbajo, apoyado en su herramienta, uno de cuyos extremos descansaba en la tuca cabecera del picadero de leña.
–Bueno, lo voy a ayudar; lo espero mañana a las seis –contestó por fin el orillero–.
Cuando Barrera llegó al corte, en el borde del tacotal, ya el peón, quien parecía aún más pálido, lo esperaba de pie ante el segundo carril.
Unas 10 varas más allá, Barrera sudaba a chorros y había perdido el sombrero en la refriega. El flaco seguía a la par y no reflejaba mayor esfuerzo.
A la media distancia charral adentro, el jornalero que parecía enclenque sacaba clara ventaja, e incluso “mordía” el carril cercano a manera de ayuda.
Terminada la jornada, el extraño pidió su paga.
–¡Pero apenas trabajaste un día...! –reclamó Barrera, aguijoneado por el orgullo y el deseo de revancha–.
Siempre en tono quedo y sereno, el jornalero contestó: “Es que me habían dicho que usted es bueno, pero no es ni regular siquiera”.
No es prudente menospreciar a nadie por su apariencia.