En crónica anterior argumentaba que Costa Rica entera, más que casa tomada, es una casa entregada. Gran parte del problema de una democracia a la deriva es la misma apatía del ciudadano: lo visualizaba a partir de un cuento de Kafka.
Al parque del Retiro, en San Pedro, lo mencioné entonces de paso. En muchos aspectos constituye una maravilla: una cuadra de bosque, plantas, bancas, un área de juegos infantiles, pájaros y ardillas. Entre las últimas, las hay “albinas” del Guanacaste. Ayer domingo, vi gente disfrutando allí; algunos hasta traían almuerzo. Otros aprovechaban para meditación, agarrando fuerzas para la semana, en ese entorno tan estimulante. Varias personas, del barrio o no, no importa, venían con su perro, a pasearlo, a enseñarle. Es reconfortante ver y oír esa actividad humana, sana, en armonía con un precioso entorno natural. Constituye, por cierto, el resultado de empeños por destacados vecinos, desde la década de los setentas, y se regía por una asociación con más de 60 socios. ¡Un verdadero modelo a seguir!
Modorra e ignorancia. Hasta que vino la modorra de muchos entre los propios beneficiarios. Ahora, a cualquier hora, sobre todo de noche, más cuando está seco, esa misma hermosa cuadra está invadida por grupos de diversa calaña. Como siempre, es un problema cultural: esos usuarios de poca o ninguna educación cívica ignoran lo que el diccionario define muy claro: un parque es “un terreno destinado en el interior de una población a prados, jardines y arbolado para recreo y ornato”.
Pero, según esos expertos, también de repente es un polideportivo, allí se podría consumir todo, hasta “alcohol todo uso, 80%”; la venta y el consumo de drogas no son excepción; claro, también un parque, según ellos, serviría para hacer carreras de bicicleta, para sus necesidades, para fogatas, etc. Felizmente, hasta el momento no se puede hablar de pandillas, pero más de uno anda armado, me dicen. A pesar de ello, despertado, a veces a las diez, otras a las dos o las cuatro de la madrugada, el suscrito todavía trata de inculcar cuatro valores. Pero pretenden tener la posibilidad de “dialogar”: “jefe, qué bien para que hablemos...”. Con el igualitarismo que la misma educación (?) les ha inculcado, creen tener una especie de ley de su parte. “Es que no estamos haciendo bulla” (todo borracho grita que no está tomado). Piensan tener “derecho” a todo. Es su palabra favorita.
Amigos del desorden. La Policía, a veces, promete “una patrullita”, como me contestó una melodiosa voz a las once y media de la noche. Si vienen, conversan con los infractores en tono de apaciguamiento, cosas que logran después de por lo menos un cuarto de hora de insistencia paciente… pero los amigos del desorden vuelven tan pronto la Policía se haya ido. Señor ministro Ramos, ¿no hay posibilidad de que a los infractores señalados se les aplicara una multa u otro factor disuasivo?
En realidad a todos nos rige un mismo ordenamiento superior y abstracto: el bien común. Esa desidia de muchos vecinos, esa debilidad de la Policía, son síntomas de casa entregada: pronto será tarde, como en el cuento: la chusma al poder, cosa que ya está ocurriendo en más de una instancia… Ah, ¡cómo echo de menos el civilismo del parque del Retiro, en Madrid! No es cuestión de medios; es ponerle ganas.