En Costa Rica, como en el resto del mundo, lo que antes era estrictamente privado se ha vuelto público y ha entrado a formar parte de la agenda de discusión. Hasta hace poco, la violencia intrafamiliar era un problema de dos marido y mujer o sus variantes y no de la sociedad en su conjunto, como lo es ahora.
Si en la década pasada se registró un promedio de dos mujeres asesinadas al mes, en 1999 el Poder Judicial tramitó 26.437 solicitudes de medidas de protección de la Ley contra la violencia doméstica, y en este
año, que está por concluir, casi no ha habido una semana en la que los diarios no hayan informado del homicidio de una mujer a manos de su compañero.
Esto, sin embargo, no ha debilitado la imagen y el poder simbólico de la mujer en nuestra sociedad. Todo lo contrario. Tal parece que es la resistencia de una sociedad patriarcal, chauvinista y machista que se niega a desaparecer. Si hace 30 años la incorporación de la mujer al aparato productivo fue una verdadera revolución, junto con su liberación biológica la píldora, el hombre macho masculino ahora cobra venganza.
La publicidad el carácter de lo público de la violencia familiar viene aparejado a otro conjunto de fenómenos que obligan a replantear la identidad masculina: el acoso sexual a veces llevado al absurdo por grupos feministas, la disolución de la autoridad y de la paternidad, la pedofilia y la explotación sexual, el incesto, la definición sexual y la crisis del matrimonio.
El hombre rey, príncipe de Occidente durante los últimos milenios reverso del matriarcado mítico de la edad de oro, es ahora el hombre Viagra y se sienta a llorar con una pistola en la mano frente a las ruinas de su imperio, como en la hermosa película de Ishtar Yasin, Florencia de los ríos hondos y los tiburones grandes.