Por qué la matemática es ese ogro peludo que cada año crispa nervios, congela expresiones y obsesiona a estudiantes, padres y maestros?
¿Estaremos ante un fenómeno de involución intelectual generalizada; ante una pérdida creciente en la capacidad de abstracción y razonamiento simbólico; ante una seducción tan grande por lo concreto y sensorial contemporáneo que otras formas de percibir y pensar se atrofian?
¿Discrepa una cierta linealidad de las operaciones matemáticas con la simultaneidad de estímulos que asalta la experiencia diaria, con los bifurcados caminos del hipertexto y la inmediatez acción-reacción de la vida moderna?
Todos estos son factores que pueden, de alguna manera, afectar las bases más profundas del aprendizaje y la enseñanza actuales. Por ello, no deben descuidarse.
Pero en lo inmediato, el coco de la matemática tiene dos sostenes más básicos. Uno es pedagógico; el otro, social.
Pareciera que existe un severo desfase entre programas, contenidos y métodos y la preparación de los maestros para aplicarlos. Esto conduce a malas clases, a desestímulo, ansiedad y el surgimiento del problema social: la matemática se define como difícil y se reacciona como si así fuera.
Hemos avanzado en la "doctrina" matemática del sistema educativo, pero nos hemos estancado en la posibilidad de ejecutarla.
Los resultados están a la vista. La solución tiene que pasar por esa tarea tan básica -pero difícil- como formar bien a quienes forman y liberar a la materia de su disfraz malévolo.
Porque el lujo que no podemos darnos es aceptar el mal, bajar el nivel de exigencia y acentuar un facilismo nefasto para todos.