
Ante la reciente muerte de Augusto Pinochet, sanguinario dictador chileno, contemporáneo de otro no menos despiadado, Fidel Castro, carcelario desde hace 48 años de la isla de Cuba, quien se consume en el ocaso de su patética existencia, resulta propicio hacer paralelismos entre ambos “regímenes de muerte”, no obstante estar ubicados en extremos ideológicos, sea la derecha y la izquierda, igualmente violentos y contrarios al más mínimo respeto a los derechos humanos.
El primero asumió el poder el Chile en 1973, al derrocar a través de un violento golpe de Estado al presidente democrático Salvador Allende, de ideología comunista, y dio inicio a un período de represión de las fuerzas armadas comandadas por él. Miles de personas fueron asesinadas o “desaparecidas”, llevadas a centros de concentración y vilmente torturadas; privadas de libertad u obligadas a exilarse.
Pinochet exportó la represión a otros países a través de la “Operación Cóndor” –un plan de cooperación entre agencias de inteligencia de diversas dictaduras militares–. De esta manera, ciudadanos chilenos exiliados en Argentina, Paraguay y otros países también encontraron su muerte en las manos de sus cómplices.
Con su muerte, la impunidad que siempre buscó con todo tipo de ardides jurídicos y políticos, prevaleció, una vez más.
A pocos kilómetros de Costa Rica, está moribundo otro dictador: Fidel Castro, quien se aferra a la vida y, por supuesto, a una segura impunidad, garantizada, a pesar de sus casi 50 años de llevar muerte, hambre y pobreza al pueblo cubano, cuya mitad de sus nacionales viven en el exilio. Igualmente se hizo del poder por medio de las armas, con varios torpes intentos hasta que consiguió su meta. Con su llegada al poder autocrático dejó a todo un país –literalmente– “suspendido en el tiempo”, desde 1959.
Sin duda alguna, si algo bueno tiene el comienzo de este siglo es que los últimos dictadores en Latinoamérica están desapareciendo y, aunque lo deseable hubiese sido que pagaren por sus constantes violaciones y el uso ilimitado del poder que un día ostentaron y con el que dieron látigo y muerte a sus conciudadanos, mueren relativamente en paz, rodeados de su familiares y esbirros, dejando ese vacío lastimero para las miles de familias de quienes mandaron a masacrar con sus órdenes asesinas.
La gran enseñanza. Solo nos queda sacar una gran enseñanza de los malévolos actos de estos dos tiranos, emulados, peligrosamente, por sus pupilos neocomunistas quienes en América Latina han llegado al poder, irónicamente, por la vía democrática electoral, en la última década, como el aprendiz de dictador Hugo Chávez en Venezuela: Que esos pueblos que han arriesgado tanto no vayan a arrepentirse de haberse equivocado al elegirlos y que la mancha de tinta que una vez enseñaron triunfantes en su pulgar no se con- vierta en manchas de sangre que, por irresponsables, marcarán el destino de todo un país.
Ojalá el destino, siempre presente, no deje ver precisamente su peor cara y resulte cierta aquella lapidaria frase de uno de los hermanos Warner quien, defendiendo la películas “mudas”, allá por el año 1927, exclamó molesto: “¿Quién diablos quiere oír hablar a los actores?”.