El siniestro régimen de Corea del Norte ha conmocionado al mundo con un nuevo y alarmante desplante nuclear. Pero, para bien de todos, el mundo ha respondido con una condena casi unánime, y el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas ha actuado con gran celeridad, gracias a una confluencia básica de criterios de todas las potencias mundiales –incluidos China, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y Rusia, sus cinco miembros permanentes– frente a la grave amenaza.
Todavía no existe una certeza absoluta de si, tal como lo anunció Norcorea, la explosión subterránea que, el pasado domingo, produjo un sismo de grado 4,2 en la península coreana, responde, efectivamente, a una prueba nuclear. La mayoría de los indicios, sin embargo, apuntan en ese sentido, que también es consecuente con la política de armamentismo y desarrollo atómico que han seguido tanto la dictadura totalitaria de Kim Jong-il, como la de su padre y predecesor, Kim Il-sung. Por esto, por la gravedad del gesto y la decisión, y por el terrible impacto que podría tener como factor de desestabilización internacional, la censura no se ha hecho esperar. Esta vez, hasta China, que ha sido el principal aliado y socio comercial de Corea del Norte, y que, entre otras cosas, le suministra la mayor parte de su petróleo, expresó una fuerte condena y se sumó a las demás potencias en el seno del Consejo de Seguridad para diseñar una respuesta enérgica frente a los hechos.
Lo que está de por medio con el desarrollo de armas nucleares por parte de un régimen tan oscurantista, arbitrario y dictatorial es, por desgracia, mucho. No solo puede desatar una carrera armamentista en el este de Asia, algo de por sí muy grave, sino, peor aún, abre de manera realmente tenebrosa la posibilidad de que, en un plazo no muy largo, cuando su tecnología haya avanzado, los norcoreanos se conviertan en una fuente de proliferación nuclear alrededor del mundo, especialmente para beneficio de los grupos terroristas internacionales, con los cuales mantienen estrechas relaciones. Esto es una amenaza que trasciende cualquier geografía e ideología y, sumada al programa nuclear de Irán, país que también ha mantenido nexos con sectores terroristas, constituye un riesgo aún mayor.
Además de las múltiples implicaciones internacionales, el armamentismo desbocado de Kim Jong-il tiene una cruel faceta interna. Es la decisión de emplear enormes recursos de su paupérrima economía en desarrollar un aparato bélico totalmente desproporcionado e innecesario, con una población que sufre un total aislamiento del mundo, enormes privaciones materiales y un control político y social tan severo como el del régimen de Stalin en la desaparecida Unión Soviética. Mientras el dictador se divierte con sus juguetes nucleares, se calcula que, desde 1995, dos millones de norcoreanos han muerto como resultado de las hambrunas. Y, si no fuera por la ayuda alimentaria internacional, las cifras serían aún más conmovedoras. Entre tanto, y como enorme contraste positivo, Corea del Sur se ha convertido en uno de los países más prósperos del mundo, y su canciller, Ban Ki-mon, se apresta a convertirse en el nuevo secretario general de la ONU.
En medio de la gravedad de los hechos, la buena nueva es que, gracias al consenso mundial de rechazo, esta vez al dictador Kim Jong-il podría salirle el tiro por la culata. Porque, lejos de conducir a un nuevo apaciguamiento que le permita ganar oxígeno a su postrato régimen, pareciera que su desplante ha chocado con un frente unido, que podría reportarle graves consecuencias. Es lo único esperanzador de este episodio.