Hace exactamente un año, tras los debates televisados entre George W. Bush y Al Gore, un anónimo entrevistado por la prensa británica dio la mejor descripción que recuerdo de esa contienda. La describió, exasperado, como una elección entre un idiota y un pedante ( a moron and a prick ). Semanas después, con la ayuda de un idiosincrático sistema electoral y un empujoncito de la Corte Suprema, el morón del cuento selló una memorable victoria en las urnas. Culminaba así un curioso y rutilante ascenso político no muy distinto al de Chance, el enigmático tontito de Desde el jardín , la novela de Jerzy Kozinski, inmortalizado en la pantalla por el inolvidable Peter Sellers.
El resultado de la elección no fue del todo sorpresivo. Ni la obvia diferencia de experiencia política entre los aspirantes, ni el ininterrumpido concierto de banalidades y gazapos de Bush alcanzaron para compensar un hecho grande como un buque: Bush era percibido, por mucho, como el más simpático de los dos candidatos. Poco importaba que no supiera dónde estaba Pakistán o quién lo gobernaba, que no hubiera puesto un pie en Europa o que tartamudeara al leer las tarjetas que apuradamente le pasaban sus asesores: el hombre era modesto y bonachón, y hacía sentir cómodos a los votantes. El sol brillaba, el superávit fiscal daba para todo, la economía no paraba de crecer y el país estaba envuelto por una abrumadora sensación de bienestar. ¿Quién necesitaba un sabelotodo en la Casa Blanca? Convencidos de que los buenos tiempos durarían para siempre, los votantes estadounidenses se dieron el lujo de convertir la elección en un reinado de simpatía.
Pero eso fue entonces. Un año después la economía estadounidense está en recesión, el superávit fiscal desapareció, el país ha sido sacudido por una tragedia sin precedentes, y Pakistán ¡oh ironía! se ha convertido en la pieza fundamental de un complejísimo rompecabezas militar y diplomático. Los Estados Unidos, que siempre supieron elegir a un gigante cuando las papas quemaban desde Lincoln hasta Franklin Roosevelt, necesitan como nunca a un gran líder. Pero, ¡ay!, quien está hoy en la Casa Blanca es George W. Bush, elegido en olor de multitudes por su simpatía. Y ahora todos estamos rezando para que desenfunde rápido las habilidades y el conocimiento que tan bien escondiera durante su campaña.
Las lecciones de este episodio me parecen tan claras como cruciales. La primera es que el optimismo es una pésima guía electoral. El caso de Bush muestra que la única manera responsable de ejercer el voto es imaginando el peor de los mundos posibles, la más infernal de las crisis, y calculando cómo luciría cada candidato (y su equipo) ante esa situación. Cuando se trata de votar, el que piensa peor, piensa mejor. La segunda es que, como bien lo sabía Maquiavelo, las virtudes privadas muy poco tienen que ver con las virtudes públicas. Escoger a un presidente por su simpatía o su modestia, como si buscáramos a un amigo, es tan irracional como contratar a un neurocirujano por la calidad de sus chistes o, peor aún, porque nos parece un buen padre de familia. Cuando se trata de un servicio esencial, entre el morón y el pedante, por Dios escojamos al pedante, aunque nos cueste.
No son lecciones banales y, como lo habrá advertido más de un lector sagaz, son igualmente válidas en estas comarcas, donde algunos andan empeñados en convertir la próxima elección presidencial en un torneo de simpatía. Créanme: no es una buena idea.