
Anochecía en París a principios de siglo y, en el frío de diciembre, una leve capa de nieve iba cubriendo los adoquines de las viejas callejuelas del Quartier Latin. La bella y joven mujer de ojos claros, tez pálida y labios carnosos deambulaba sin rumbo fijo, angustiada, deprimida, sin esperanza. Recién le había lanzado a la cara los cinceles y los mazos al robusto y barbudo, pero viejo -veinte años mayor que ella- profesor de escultura. Sin misericordia la despidió del taller, y con violencia la arrojó a media calle. Y vagaba desorientada, sin ilusiones. El ajenjo y las lágrimas enrojecían sus párpados abultados.
En una esquina triangular, donde un pequeño parque lucía unos árboles ya invernales y sin hojas, encontró de casualidad a Claude Achille, el amigo joven de barbilla puntiaguda bien cuidada y mechón sobre la frente. La tomó en los brazos, enjuagó sus lágrimas con caricias, y suavemente la llevó a su buhardilla bailando el vals más lento del mundo que le iba cantando a media voz y al oído, mientras lo componía con melodiosas ondas de muerte. Se habían conocido en la residencia de Mallarmé, en una de sus frecuentes tertulias literarias.
El ya era famoso pues con su música insinuante, intimista, con obvia influencia del impresionismo pictórico lograba que surgiera -nuevamente- el genio francés, y destruía la fatuidad pomposa del romanticismo alemán, fundamentalmente la megalomanía de Richard Wagner que imperaba en ese entonces. París aplaudía el Prélude à l'après-midi d' un Faune, y el genio desconcertante de Vaclav Nijinski lo interpretaba, ya la locura destruyéndole la mente.
Ella también era admirada. Había presentado una gran retrospectiva en la importante Galería Eugene Blot, en el número 5 del Bulevar de la Madeleine. Pero la exhibición de algunas de sus obras, principalmente Sakountala o L'abandon había enardecido los celos de su maestro -el orgulloso Auguste Rodin-, pues era patente que en L'Eternelle Idole, el escultor consagrado se había inspirado en su discípula que ahora amenazaba con arrebarle el cetro. Y en concatenación trágica de acontecimientos, la Jeune fille à la gerbe de Rodin reveló a Camille desnuda. Paul Claudel, su hermano y excelso poeta católico de Francia -en el pináculo de su gloria en ese entonces- no soportó la afrenta al honor de la familia. Y reaccionó con intemperancia. Ejerciendo su poder de vate supremo admirado en las esferas gubernamentales, decretó loca a su hermana y la encerró en un asilo de insanos mentales. Los enfermeros irrumpieron en el modesto galerón de la escultora, y amarrada la llevaron al hospicio para evitar el escándalo. Lúcida pero agobiada por su dolor, vivió tras las rejas del manicomio de Motdevergues treinta años, escribiendo numerosas cartas a sus amigos, hablando del frío, la promiscuidad, el horror y pidiendo clemencia.
Allí murió en 1943 -mi abuelo materno que la admiraba me dio la noticia-, todavía consumiéndose en los plácidos y amorosos acordes del vals más lento del mundo, dedicado a ella por Claude Achille Debussy en extraño preludio de muerte.