Opinión

El látigo del zorro

¿Sobrevivirán en California al egoísmo los mitos de la justicia y de la prosperidad?

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Por razones tanto personales como latinoamericanas, me emociona llegar a California, una tierra en que dos culturas, la inglesa y la hispánica, se tocan, y a veces confunden, en tensa coexistencia. Para algunos, el multiculturalismo en el seno de una sociedad es semilla de desavenencias y conflictos; yo creo que es la mejor riqueza de que puede preciarse un país, su llave maestra para asegurarse un lugar de vanguardia en la civilización que está gestándose. Y, por eso, veo en California, y, sobre todo, en Los Ángeles, un espejo del milenio que se viene, de un futuro en el que, ojalá --apostemos por ello-- los seres humanos puedan moverse por el ancho mundo como por su casa, cruzar y descruzar a su antojo unas fronteras que se habrán adelgazado hasta volverse inservibles, convivir y mezclarse con hombres y mujeres de otras lenguas, razas y creencias, y echar raíces donde les plazca, es decir, donde encuentren aires propicios para materializar ese derecho a la felicidad que la Constitución de Estados Unidos -la única en el mundo, que yo sepa- reconoce a los ciudadanos.








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