Madrid) Si Castro padece cáncer --como bisbisean en La Habana-- seguramente no es de la laringe. En la inauguración del V Congreso del Partido Comunista habló durante siete horas, tras advertir, al inicio de su alocución, que se limitaría a anotar algunas reflexiones. En la clausura fue mucho más parco, casi lacónico, probablemente porque ya se le habían agotado sus profundas cogitaciones. Sólo habló cuatro horas.
Lo que dijo carece de interés. Hace casi cuarenta años que no dice otra cosa. Que el comunismo cubano es firme e irrevocable. Que la economía de mercado es un asco purulento. Que la revolución continúa y prolonga la gesta insurreccional de los decimonónicos fundadores de la nación. Que el valiente pueblo de Cuba sufre con dignidad y patriotismo las privaciones materiales, mientras se entrega con un gran sentido del deber y enorme entusiasmo a la realización de una epopeya única en la historia. Que el imperialismo yanqui acecha para devorarse la Isla en el momento en que se baje la guardia. Que la aceptación de inversionistas extranjeros en joint-ventures con el Estado cubano sólo se hace y hará en función del fortalecimiento del modelo comunista (lo que convierte a estos desaprensivos ganapanes en cómplices del sistema). Pura línea dura.
En fin: lo de siempre. No obstante, vale la pena acercarse a este atleta de la palabra --el único político que ha sobrevivido al filo del precipicio colgado de sus propias cuerdas vocales--, no para examinar el mensaje, que es sólo una sarta de idioteces, mixtificaciones y simplicidades, sino para tratar de entender las razones últimas que explican este infinito torrente de saliva. ¿Por qué este señor habla tanto? ¿Por qué habla de tantas cosas: de economía, de ciencia, de historia, de geografía, de avicultura, de genética, de ecología, y del sexo de los ángeles, es decir, del sexo de las pobres "jineteras" y de sus tarifados placeres? ¿Por qué, cuando cesa de atormentar al auditorio, que debe permanecer sentado --grave problema para los revolucionarios viejos, portadores de próstatas enormes--, con las piernas apretadas y las manos siempre listas para aplaudir, obliga a los cubanos a "aprenderse" sus discursos en los temidos "círculos de estudio" instituidos en todos los centros de trabajo del país?
La explicación tiene que ver con la sicología de este personaje y con la naturaleza misma del totalitarismo. Es cierto que en esta incontinencia verbal hay una evidente patología del ego --el desmedido placer de escucharse, la exagerada necesidad de sentirse admirado--, pero hay mucho más: esas kilométricas peroratas constituyen un esfuerzo descomunal encaminado a tratar de abarcar la totalidad de la realidad para que nadie escape al molde del líder único e irrepetible. No es un ejercicio retórico. Es una forma de clonación, de fecundación oral. Si la urgencia vital de todas las especies es esparcir sus genes, perdurar en la descendencia, Castro pretende imponer a los demás sus percepciones, sus creencias, sus supersticiones, robándoles sus palabras y privándolos de autonomía espiritual. ¿Por qué? Porque se supone superdotado. Porque está persuadido de que ha logrado descifrar los males de este mundo y sabe cómo curarlos. Porque se cree destinado por algún extraño designio a la tarea de rediseñar este imperfecto valle de lágrimas. Porque es la mayor cantidad de Dios que cabe en el esqueleto de un ser humano.
La lealtad revolucionaria es exactamente eso: repetir las palabras del amado líder con la mayor fidelidad posible. Coincidir con él en todo: en la interpretación de la historia, en la calificación de los pérfidos gringos, en el repudio a la codicia capitalista, en la cosa de las vacas enanas. Ser leal es amar lo que él ama, odiar lo que él odia, sospechar de lo que él sospecha, y --además-- verbalizar esas emociones con el mismo lenguaje, las mismas pausas y --a veces-- hasta los mismos gestos y la misma cadencia. Cuando se es capaz de esa fiel duplicación, minuciosamente exacta, se disfruta la gracia revolucionaria y la confianza del Caudillo. Cuando la fatiga, el sentido común o ciertos vestigios de dignidad personal provocan "cambios" o "interferencias" en el discurso oficial, sobreviene la purga. Se cae en "desgracia". Es muy iluminador que estos destellos de independencia intelectual se llamen "desviaciones". Son exactamente eso: apartarse de la sagrada escritura del líder.
De los mil quinientos dirigentes de la revolución sentados en el auditorio, mil cuatrocientos cincuenta --siempre hay algunos descerebrados profundos-- saben que no son otra cosa que un lamentable coro de castrati. ¿Por qué lo hacen? ¿Por qué Ricardo Alarcón, que es un hombre inteligente, continúa dedicando los últimos años de su torturada vida a la triste tarea de los papagayos? ¿Por qué Robaina, que es un joven listo, últimamente desbigotado y mejor vestido, insiste en repetir unas tonterías en las que ya no cree, como nunca creyó su ingenioso padre Allan, un tipo burlón que se reía a mandíbula batiente de Castro en las oficinas de Cubatabaco?
¿Y acaso no sabe Castro que sus "hombres de confianza", los obsequiosos repetidores de sus palabras, no son, en realidad, creyentes convencidos, sino pobres simuladores que, corazón adentro, lo detestan? Lo sabe, o lo intuye, pero no le importa. El totalitarismo no vive de verdades ni de actitudes genuinas, sino de gestos y rituales instalados en una realidad virtual con la que se construye la coartada del poder. Ellos --los que mandan, el que manda-- saben que es imposible apoderarse de las mentes de las gentes, pero les roban el lenguaje y allí les colocan las palabras oficiales, las del infalible Máximo Líder. Eso es suficiente para mantener las riendas.
Tras este Congreso varios dirigentes históricos cayeron en desgracia: Alfredo Guevara, Osmani Cienfuegos, y Sergio del Valle entre otros. Se "desviaron", descubrieron matices, se atrevieron a pensar por cuenta propia, y fueron apartados del Comité Central. Estoy seguro de que deben haber sentido cierto alivio. Ahora comienzan un largo proceso de curación. Un día reencontrarán ciertos vocablos peligrosos largamente olvidados. Otro, se sorprenderán formulando teorías insólitas. Poco a poco, como quien se recupera de la afasia, irán recobrando el lenguaje. Entonces sentirán una infinita rabia con ellos mismos y con quien les robara las palabras durante tantos años de oprobios y silencios.
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