En una entrevista aparecida en La Nación ( Aldea Global , 18/8/ 2012), la socióloga María Flórez Estrada niega que el instinto materno exista y lo considera una “producción de la sociedad”; es decir, un invento. Ella precisa: “No existe una maternidad natural ni un instinto maternal ni paternal; son instituciones construidas para sacar adelante a las nuevas generaciones”. Sus opiniones son interesantes pues rechazan numerosas investigaciones hechas por neurólogos y antropólogos, para quienes el deseo de engendrar hijos y cuidarlos es innato en la gran mayoría de las mujeres.
Sería prolijo enumerar libros que ratifican la existencia del instinto materno; baste citar los de los científicos Boris Cyrulnik ( Bajo el signo del vínculo ), Louann Brizendine ( El cerebro femenino ), Helen E. Fisher ( ¿Por qué amamos? ) y Shelley E. Taylor (Lazos vitales ), y de la filósofa Patricia Churchland ( El cerebro moral ). Todas estas personas consideran también la influencia del ambiente y ninguna practica el “determinismo biológico”.
El instinto materno existe; es el impulso innato a engendrar y a cuidar hijos. Este impulso es común a todos los mamíferos, y es absurdo postular que solamente la hembra del Homo sapiens se libra de esa conducta maternal y debe aprenderla.
El instinto materno se manifiesta desde la infancia, cuando las mujeres revelan la tendencia a cuidar muñecas y a prestar atención a los bebés menores; son protectoras y conciliadoras. Tal instinto se confirma en los años siguientes por el marcado interés que la mayoría de las mujeres expresa por los niños. Estas tendencias se perciben menos en los hombres. Tales descripciones parecerían simplezas de “psicología popular” si no confirmasen lo que han hallado investigaciones hechas sobre la historia, la conducta, el cerebro y las hormonas.
Podríamos resumir ahora las tesis compartidas por los científicos que postulan la existencia del instinto materno y, en menor medida, del instinto paterno.
Un misterio. La teoría de la evolución precisa que se heredan los rasgos de conducta favorables a la preservación de una especie. Por ejemplo, es instintivo el rechazo de los sabores amargos pues estos sugieren la presencia de un veneno. Los mamíferos que sentían esta repulsa aumentaban sus oportunidades de sobrevivir y legaban las combinaciones de genes que asentaban tales rechazos en el diseño del cerebro.
Un proceso similar explica la existencia del instinto materno. En los mamíferos (incluido el ser humano), tal instinto se hereda porque los hijos de madres cuidadosas sobreviven.
Las hijas de aquellas madres reciben la combinación genética que favorece otra vez el cuidado de las crías: todo se continúa como una cadena. Por el contrario, suelen morir jóvenes, y sin reproducirse, los hijos de madres descuidadas.
Sería notable que el Homo sapiens sea la única especie mamífera falta de un instinto que ha servido para la perpetuación de otras especies. Sería útil conocer las pruebas que demuestran la extinción del instinto materno en el ser humano y su reemplazo por la “presión social” que induce a la maternidad.
Ignoramos cómo explicaría la señora Flórez Estrada un misterio. La especie A fue ascendiente de la especie B ( Homo sapiens ). A tenía instinto materno, como todos los mamíferos, lo que la ayudaba a perpetuarse; en cambio, su sucesora, la especie B, carece de tal instinto.
A fin de continuarse, la sociedad B debe adoctrinar a las niñas para que adquieran un impulso artificial orientado a la reproducción y al cuidado de las crías.
El misterio es este: ¿cómo se pasó del método natural (instinto) al artificial (presión social)?
El instinto debió extinguiese antes de que se presionase a las niñas pues la presión habría sido innecesaria mientras el instinto existiera. Por tanto, debió de haber un tiempo (seguramente larguísimo) en el que ya no hubo instinto y en el que aún no había presión (¿o es que todo sucedió de lunes a martes?).
Todo ello sugiere que la especie humana contuvo la respiración durante milenios hasta ver qué se le ocurría para reemplazar al instinto. Lo curioso es que la especie continuó “sin instinto” y “sin presión”.
Aclaraciones pendientes. La evolución no cambia métodos que funcionan bien (instintos) por otros que implican riesgos de extinción (“presión social”).
De haberse esfumado el instinto materno en nuestros predecesores, estos habrían fenecido por falta de cuidados. No habría habido tiempo de “enseñar” la conducta protectora porque todos, profesores y alumnas, ya habrían muerto.
En realidad, todo fue más simple: no hubo salto histórico-mortal, y ninguna “construcción social” substituyó al instinto materno. Este funcionó y funciona aún en el Homo sapiens , como funcionan los instintos a la compañía y a la compasión. Creer lo contrario es incurrir en pensamiento mágico.
Por supuesto, las sociedades patriarcales aprovechan el instinto materno para recargar a las mujeres con tareas que los hombres pueden desempeñar en el hogar y fuera de él. Sin embargo, este abuso no niega, sino confirma, la existencia del instinto materno, base natural sobre la que se impone la presión social.
La señora María Flórez Estrada seguramente puede aclarar las dudas y las paradojas que crea la idea de que no hay instinto materno y de que este es solo una “construcción social”. De paso sea dicho, el abuso de la idea de la “construcción social” amerita escribir un comentario aparte.