El triunfo de Evo Morales y su Movimiento al Socialismo (MAS) en las recientes elecciones de Bolivia revela mucho más que la gran capacidad de atracción y organización del curtido líder cocalero. Es, también, una clara muestra -y resultado- del deseo de cambio de una mayoría de su población, del renovado vigor de sus marginados grupos indígenas, del agotamiento de importantes grupos y esquemas políticos, y de la esperanza sobre una mejor vida a corto plazo.
Aunque los resultados definitivos aún no están disponibles, Morales superó la mitad más uno de los sufragios, algo que no ocurría desde hace más de dos décadas. Su partido tendrá mayoría, aunque precaria, en el Congreso, y lo seguirá, como segunda fuerza -con cerca del 30%- la nueva agrupación Poder Democrático y Social (Podemos), del expresidente Jorge Quiroga, lo cual revela otro importante cambio: el fin de la dispersión multipartidista. Además, por primera vez fueron elegidos directamente los prefectos (gobernadores) de los nueve departamentos bolivianos: tres de Podemos, dos del MAS y el resto representantes de fuerzas locales.
Todo lo anterior indica que Bolivia está frente a una gran transformación política, que Morales pretende consolidar mediante una Asamblea Constituyente, a mediados del próximo año. La gran incógnita es si, a partir del 22 de enero, cuando asuma el poder, el flamante Presidente y sus aliados estarán a la altura de la tarea de "refundación nacional" que se han impuesto como objetivo, y de los enormes desafíos que enfrenta el país. Porque una cosa es denunciar al sistema y hacer promesas abultadas desde la oposición, y otra, muy diferente, reorganizar las instituciones dentro de la democracia, administrar el Estado eficientemente y conducir por buen camino a un país extremadamente pobre, desigual, fragmentado y con enormes expectativas y demandas insatisfechas.
Si, para asumir esta tarea, Morales se basara en los principios populistas, nacionalistas y estatizantes que han animado su discurso, y si desconociera que su poder, aunque sólido y legítimo, está muy lejos de ser absoluto, podría convertirse en un sucedáneo de Hugo Chávez, solo que sin dinero. El futuro de Bolivia sería entonces tan crítico -o peor- que su desempeño reciente, con el agravante de una gran inestabilidad económica y una fuerte carga negativa para el resto del hemisferio. Si, en cambio, decidiera utilizar la fuerza de su mandato para renovar (no manipular ni controlar) el juego democrático, para consolidar la unidad nacional dentro de la diversidad regional y étnica, y para combinar una vigorosa e inteligente política social con el tipo de pragmatismo económico del que ha sido ejemplo Lula da Silva en Brasil, entonces sí sería posible que deje una honda huella positiva.
Hasta ahora, los indicios sobre su posible desempeño no son muy claros. Sin embargo, sus declaraciones más recientes sobre el futuro de la industria de los hidrocarburos y los contratos con compañías extranjeras, sobre la producción de coca, la estabilidad económica y las relaciones hemisféricas, muestran mayor sensatez que en semanas atrás. Es posible, además, que se establezca un vínculo especial con Brasil (propietario de una de las compañías que explota yacimientos de gas en Bolivia), lo cual podría ser otro elemento atemperador. Y, por las respectivas manifestaciones, los gobiernos boliviano y estadounidense podrían lograr una buena relación de trabajo, esencial para evitar un foco de confrontación en el centro de Suramérica.
La integración del equipo de gobierno, la definición de sus prioridades, las negociaciones con la oposición y el marco para las relaciones con los grupos sociales, etnias y regiones pondrán muy pronto a prueba la madurez y solidez de Morales como gobernante. A partir de entonces, habrá más posibilidades de saber si en el futuro de Bolivia hay razón o no para el optimismo.