
En la Costa Rica de hoy, ruta de paso y refugio de toda clase de bichos, intereses, movidas, trinquetes, chorizos y demás criollos sobrenombres, uno corre el peligro de irse acostumbrando no sólo a los delitos consuetudinarios, incluidas las muertes nuestras de cada día, sino también a la participación, complicidad o encubrimiento de nosotros los ticos, a la ausencia de programas preventivos y de control del delito y a la complacencia de las leyes, de los que las hacen y de quienes las administran.
Resulta aburrido el cuento diario de los mismos delincuentes cometiendo las mismas faltas y disfrutando de la misma impunidad en el círculo de la eterna alcahuetería.
En este panorama gris de casas enrejadas, “alarmadas” y “alambrenavajeadas”, de ciudadanos amedrentados por la inseguridad, de guardias privados y callejeros cuidacarros, dio una pincelada tragicómica la noticia que trasmitió la televisión la noche del 20 de agosto: un tipo joven, flaco no por hambre sino por la necesidad de ser ágil para cumplir su oficio, detenido por el dueño del negocio al que robaba, desnudo y esposado por la guardia privada contestaba las preguntas del reportero: ¿Por qué roba? Porque tengo obligaciones. ¿Por qué no trabaja? (Silencio). Quizá le faltó chispa para decir que paga puntualmente sus seguros, impuestos y marchamos. Mientras esto sucedía, policías oficiales que todos pagamos con nuestros impuestos se acercaban lentamente y lo metían en su vehículo mientras repetían que, “de por sí, ahorita lo sueltan”.
Sistema de puntos. ¿Tendremos que aceptar lo corruptos, complacientes y violentos que somos, como un estado normal que disimulamos por años haciéndonos pasar por honrados, respetuosos y pacíficos? Soy del grupo que piensa que no, que hubo un país ejemplar que dejamos perder mientras disfrutábamos nuestra comodidad, pero que ya es suficiente, que basta de placeres y mediocridades.
Quiero contribuir con un grano de arena y sugerir algo que aprendí hace años, cuando estudiaba los manuales para los exámenes que me permitirían obtener licencia de conducir en un país más ordenado que el nuestro: los delitos, por graves, tienen serias e inconmutables penas; las faltas y contravenciones, no por leves dejan de tener sus penas, también inconmutables. Todo depende de un sistema de puntos que se aplica al diario vivir.
¿Qué quiere decir? Significa que toda infracción a la ley se considera como una lesión al tejido social y a toda persona se le lleva un registro de faltas cometidas. Cada falta que uno comete, no importa su gravedad, tiene un puntaje acorde con esa gravedad y los puntos se suman, falta tras falta. Esa suma se lleva con extremo cuidado. El delito más grave, el que de por sí suma los 12 puntos máximos, se castiga sin dilación con la pena más severa; las faltas chiquitas, las que valen un punto, se van sumando y, aunque cada vez valgan un punto, cuentan para la suma; cuando su repetición llega a 3 puntos, tendrá una pena leve, si a 6 puntos, una pena moderada, a los 9 puntos, una pena grave y al llegar a los 12 puntos, la pena más seria, como si se hubiera cometido el delito más grave.
De la misma forma, al llegar a 3 puntos el infractor tiene una advertencia para que no continúe, a los 6 puntos no solo la advertencia es más seria, sino que el infractor tiene que empezar un régimen de rehabilitación, soporte social y control; a los 9 puntos tiene además que someterse a control psicológico o psiquiátrico, según requiera, y, si sigue delinquiendo, no habrá atenuante cuando acumule los famosos 12 puntos. ¿Será esto posible para nuestro blando carácter? La respuesta depende de nuestras autoridades.