Ayer descansó y partió hacia la casa del Padre el papa Juan Pablo II. Su agonía -que en griego significa lucha-- documentó, ante el mundo, lo que fue: atleta de Dios, gladiador de la fe. A semejanza de León I (440-461) y de Gregorio I (590-604), merece el calificativo de Magno por su incomparable personalidad y su inmensa labor, durante 26 años y 6 meses, como sumo pontífice, el tercer pontificado más largo en la bimilenaria historia de la Iglesia Católica. De él, como de otros gigantes espirituales de la historia, se puede decir que ha honrado la especie humana. En un mundo atenazado por la violencia, la pobreza, la incertidumbre y la indiferencia, la humanidad puede recurrir confiada a su legado, acopio de los más altos valores, propagados y vividos con coherencia evangélica y gallardía sin igual.
A la medida de las necesidades y desafíos de la Iglesia Católica y del mundo, papa sufriente y carismático, fue un hombre para toda la humanidad. Su crisol fue Polonia donde, en la flor de la juventud, resistió a los nazis y, luego, como obispo, se irguió ante el comunismo, apertrechado en los evangelios y en la libertad, y le ganó la batalla. Tras su colapso y la liberación de Europa del este, en que ejerció un papel singular, combatió los vicios del mundo moderno, causa de la crisis espiritual que abate al mundo poscomunista. Hoy, al repasar los episodios más significativos de su vida, revivimos su mensaje inaugural como papa, en octubre de 1978, cuando se presentó en la basílica vaticana como un pastor "venido de lejos", se dirigió al mundo con las mismas palabras de Jesús resucitado: "No tengáis miedo" y profetizó la caída de los imperios. Como oportunamente se expresó, Juan Pablo II comenzó así a sacar el miedo del corazón de los seres humanos.
Su ideario programático quedó plasmado en su primera encíclica, Redemptor Hominis , a la que siguieron 13 más, un cántico de esperanza y de amor para superar los odios, domeñar los prejuicios y derribar los muros. Con estas alas recorrió todo el mundo, pidió perdón por los pecados presentes y pasados de la Iglesia y se lanzó intrépidamente en la defensa y promoción de los derechos humanos, capítulo primordial de su ministerio, instrumento preponderante para la afirmación de la paz y la dignificación de la persona humana, concepto rector de su pensamiento y de su acción. Testigo e inspirador en el seno del Concilio Vaticano II, se consagró a la aplicación de esta sólida plataforma doctrinaria, piedra miliar en la historia de la Iglesia Católica. Esta tarea define su pontificado y explica su esfuerzo tesonero hacia un retorno de la Iglesia y del mundo a lo esencial, sin temer, por ello, navegar a contracorriente; hacia un acuerdo entre lo cristiano y lo humano, mediante el complemento de la fe y de la razón, así como a la sintonía con la cultura contemporánea y al compromiso real con la doctrina social de la Iglesia, a fin de que la persona humana, sus derechos y la cultura guíen la acción del Estado y del mercado, todo con el fin de salvar lo humano y poner en conexión al ser humano con Dios.
Juan Pablo II, pontífice (hacedor de puentes), picapedrero, poeta, actor y autor teatral, amante de la literatura, filósofo y teólogo, escritor, políglota, adalid inclaudicable de la vida y de los derechos humanos, modelo de trabajo y de coherencia, comunicador de la palabra vivificante, en encíclicas, exhortaciones, cartas, en innumerables audiencias y en discursos, en los más variados aerópagos; instaurador de "un sistema común de referencias", luchador incansable por la verdad y la libertad, promotor sin tregua del diálogo ecuménico cristiano e interreligioso, realizó su sueño de dirigir el paso del segundo milenio al tercer milenio cristiano. En su obra inagotable y en su vivencia, por el ser humano y los valores morales, encontrará la humanidad el sentido que busca afanosamente, en el siglo XXI, para sobrevivir y para que todos los seres humanos vivamos con dignidad. Como decimos en Costa Rica, donde convivió con nosotros, ¡Dios se lo pague!