Vivimos en una época en la que el más desteñido oficinista, munido de un teléfono inalámbrico, adquiere por ello el derecho de creerse James Bond, y un escritor cualquiera puede vivir la fantasía de ser Cervantes por el mero hecho de tener una computadora que le corrige las faltas de ortografía. Desgraciadamente para él, resulta que Cervantes con una libreta y un lápiz seguirá siendo Cervantes, mientras que un gilipollas armado de una computadora no dejará por ello de ser precisamente eso: un gilipollas cuya capacidad para proferir gilipolleces se habrá visto magnificada por la tecnología puesta a su alcance. Triste cosa, el hacer de la computadora un mero disfraz de la mediocridad, en lugar del instrumento idóneo de la verdadera creatividad.
Porque la tecnología es un aliado, no un usurpador del talento, y menos aún, el comodín que supuestamente nos eximiría de esa disciplina y rigor autocrítico sin los cuales todo acto creador no es más que mera autocomplacencia. No nos engañemos: la más eficiente de las computadoras no va a añadir un ápice a nuestro talento, y mucho menos a nuestra falta de él. No son los teléfonos inalámbricos los que hacen a James Bond. No es el atuendo el que hace al artista. Lo que constituye la magia de James Bond -esa mezcla explosiva de ironía, donaire y pulsión sexual contenida- no lo confiere la tecnología, aún cuando el candoroso oficinista que blande a diestra y siniestra su teléfono así lo crea. Existe, después de todo, un pequeño y misterioso factor llamado talento, un ingrediente del espíritu humano cuya ausencia la más sofisticada tecnología no consigue disimular.
Consumismo y creación. Y es así como la tecnología, que debió de haber sido para el hombre un agente de liberación, se convierte en una droga más, en uno de esos paraísos artificiales contra los cuales Baudelaire tantas veces nos pusiera en guardia. El consumismo tecnológico ha suplantado en el hombre el espíritu de creación por el espíritu de adquisición. La novela que debió de haber sido escrita, la sinfonía que hubiéramos podido componer, el poema que nunca nos resolvimos a terminar, la causa social, política o religiosa con la que supuestamente estábamos comprometidos se convierten de pronto en un nuevo electrodoméstico, en un juguete cibernético más, o en algún otro móvil del universal escapismo contemporáneo. Cada nuevo aparato nos promete una felicidad mística, estática, definitiva, y nos desvía insidiosamente de aquel puñado de sueños que alguna vez constituyeran nuestro norte vital. Esa tecnología que originalmente era un medio y no un fin en sí misma, cobra de pronto vida autónoma y, como el monstruo de Frankenstein, amenaza ahora con triturar a su creador entre las indentaciones de su implacable engranaje.
Al servicio del hombre. Aureolada de impenetrable misterio, la tecnología se convierte en la nueva deidad ante la cual van los hombres del siglo XX a balancear sus incensarios. Los tecnólatras, por su parte, asumen con toda dignidad su nuevo rol de sumos sacerdotes, de custodios oficiales del gran secreto. Para el común de los hombres, una computadora o una máquina de fax son cosas tan esotéricas, tan susceptibles de sacralización como alguna vez lo fueran la lluvia o el fuego.
Aún cuando la tecnología en modo alguno satisface las necesidades más entrañables y esenciales del ser humano -la sed de fe, de amor, de poesía, de magia- los hombres se cuelgan de ella como del último de los absolutos, en un mundo donde todos los demás se han desmoronado, o sobreviven apenas al más severo cuestionamiento. Se suponía que la tecnología sería la gran democratizadora del conocimiento, de la salud, del bienestar, en suma, la fiel aliada de nuestra felicidad. Hicimos de ella en cambio una religión, le erigimos un altar, y ahora incluso nos inmolamos a nosotros mismos en su nombre, con fanatismo no menor que el que movía a nuestros ancestros a oficiar sus atroces sacrificios humanos.
Y no caigamos en la puerilidad de echarle la culpa a las máquinas. Ellas no son per se ni buenas ni malas. Las escobas que se rebelan contra el Aprendiz de Brujo y amenazan con ahogarlo no son responsables de la imprudencia de su amo (Goethe nos propone con esta fábula una de las más lúcidas y premonitorias alegorías del totalitarismo tecnocrático). La tecnología al servicio del hombre, del talento, del impulso creativo que constituye el rasgo más característico de la especie humana: he ahí lo que queremos. Creadores y no meros gilipollas computarizados.