Acabo de enterarme de los detalles. Estaba por esos parajes cuando ocurrieron los hechos. Comencemos, como en el teatro, situando la escena y describiendo a los personajes. Brasil, marzo del año en curso. Concretamente, Río de Janeiro. Joven de diecisiete años. Alto, guapo, buen estudiante y mejor atleta. Hijo único. Su padre es un exitoso joyero de origen libanés. Digamos que se llama Sergio. Tiene 52 años. Hace una década le hicieron la vasectomía. Su madre tiene 45. Llamémosle Mara. Bonita mujer. Es una suma de italianos, alemanes, y el toque exacto de vaya usted a saber qué espigada tribu africana. El matrimonio, naturalmente, adora al hijo. Sueña con dejarle la bien saneada empresa familiar. Digamos que el muchacho se llama Alexandro.
Alexandro, como todas las tardes, tomó la moto y fue a ver a su novia. Linda criatura. Y, como todas las tardes, consiguió llenarla de besos mientras la suegra, la futura suegra, entraba y salía del cuarto de los enamorados con la frecuencia necesaria para evitar una catástrofe irreparable. "Siempre --decía-- es mejor una situación embarazosa que una hija embarazada". Alexandro, también como todas las tardes, se despidió en el portal. Ya había anochecido. Dio el último beso. O el penúltimo. Salió a la acera. Otros dos jóvenes intentaban robarle la moto. Forcejeó con ellos. Era fuerte Alexandro. Le dieron un balazo en el parietal que regó toda la masa encefálica sobre el pavimento. Sin embargo, cuando llegó la ambulancia, todavía estaba vivo. O más o menos vivo. El corazón seguía latiendo y tenía unas extrañas convulsiones.
Los padres de Alexandro cruzaron la ciudad como una tromba. Fue la media hora más larga de la historia del tiempo. Atenazados entre el horror y la esperanza, todavía no habían sentido esa espada larga del dolor infinito que dejan los hijos súbitamente ausentes. Pero el médico fue contundente: no había nada que hacer. Era cuestión de minutos. Ni siquiera valía la pena intentar salvarlo. Si hubiera sido posible rescatarlo de la muerte --que no lo era--, el "milagro" sólo habría servido para mantener una cosa inmóvil e insensible permanentemente atada a una camilla. El poeta Miguel Hernández, estremecido por las mutilaciones de la guerra, alguna vez escribió que "en un rincón de carne cabe un hombre". No sin cerebro, Miguel, no sin cerebro.
¿No había nada que hacer? El padre de Alexandro vio a su hijo medio muerto, y a su esposa, ya, muerta y media. Se vio a sí mismo solo, rumiando su dolor, inútilmente rico y poderoso, escoltando para siempre a una mujer sin belleza ni luz en la mirada, minuciosamente aplastada por la pena. ¿No había nada que hacer? Claro que sí: dos semanas antes del pistoletazo que le arrebató a su hijo, el mundo había sido sacudido por la clonación de la oveja Dolly. ¿Por qué no intentarlo con su hijo? ¿Por qué no darle a Alexandro una segunda oportunidad? ¿Por qué no darle a su mujer, y por qué no darse él mismo, otra segunda oportunidad, otro Alexandro que les permitiera recuperar la ilusión de seguir vivos?
El ruego de Sergio tuvo algo de orden imperiosa, como de quien está acostumbrado a mandar con el carácter y con el bolsillo: "conserven viva una muestra suficiente de los tejidos de mi hijo". Le explicaron que hay una ley brasilera de 1995 que, por razones éticas, de una manera un tanto imprecisa, prohíbe las manipulaciones genéticas que atentan contra la dignidad de la persona. ¿Y su dignidad, y la de su mujer? Él no puede tener otro hijo, pero su mujer todavía está en condiciones de volver a llevar en su vientre al hijo revivido, renacido, recompuesto, repreñado, o como quieran llamarlo. No es un atentado contra la naturaleza. No es una persona artificialmente construida en una probeta, sino el resultado del amor entre él y su mujer. Son sus genes y los de su mujer. Es el patrimonio genético de la pareja. Algo que les corresponde a ellos y solamente a ellos, porque nadie más en el mundo, en toda la historia de la humanidad, podía procrear a esa criatura que un par de delincuentes habían asesinado. ¿Que nadie en Brasil se atrevería a intentar la clonación? El mundo está lleno de científicos audaces. ¿Qué mejor uso se le puede dar a una buena fortuna? El dinero tal vez no sirva para comprar la felicidad, pero sí puede ahuyentar la desdicha.
¿Qué será de este segundo Alexandro si sus padres logran lo que se proponen? ¿Cómo se sentirá cuando sepa que alguna vez que no recuerda ni intuye fue un buen estudiante y un mejor atleta? ¿Cómo se acuna dos veces a la misma criatura? ¿Cómo se canta con la misma ternura una nana que ya ha sido cantada? ¿Cómo es la vida cuando se vuelve un déjà vu permanente? ¿Cómo será la mirada adulta de la chiquilla que hoy perdió a su novio, y que mañana lo recupera en un encuentro extemporáneo, cruelmente nostálgico, devastador? ¿Quién tiene el valor de negarle el derecho a la resurrección del hijo amado a esa pareja asida a la mínima esperanza de un trocito de carne? Buena suerte, Sergio y Mara. Ojalá que alguna vez puedan volver a abrazar a Alexandro. ¿Será otro, será el mismo? Nadie lo sabe. Averiguarlo será una forma nueva de explorar el amor.
(Firmas Press. Madrid)