
Muerto y resucitado el Señor, sus seguidores (inicialmente conocidos como "nazarenos" y no como "cristianos") se reunían sigilosamente en casas a cenar y a recordar las enseñanzas que de Jesús habían recibido. Como era de esperar, entre los miembros de esas tempranas congregaciones había muchas diferencias en materia de fe. Pablo, por medio de sus epístolas, se encargó de definir muchos asuntos, y tan eficaz fue su labor que algunos lo llaman el "inventor" del Cristianismo.
Después, entre el año 70 y el 100 d. C., se escribieron los evangelios ("buena noticia") canónicos. Primero fue el de Marcos, luego el de Mateo y Lucas, y por último el de Juan. Recogen lo fundamental de Jesús, concentrándose en los últimos años de su vida.
Otros personajes (entre ellos Pedro, Santiago, Pilatos, José y hasta María, la madre de Jesús y, para los católicos, la Madre de Dios) reciben poca atención en estos evangelios pues su propósito es presentar el mensaje de Jesús.
Pero, además de esos cuatro, hubo otros evangelios, como el de Tomás, el seudo-Mateo, de Pedro, Nicodemo, de los Egipcios y el Protoevangelio de Santiago.
El mismo Lucas lo reconoció cuando escribió: "Muchos han tratado de escribir la historia de los hechos sucedidos entre nosotros" (Lc 1:1). Por eso, los Padres de la Iglesia debieron, a finales del siglo II, establecer cuáles libros y escritos constituían versión oficial (canon o "regla") en materia de fe.
En particular, de los evangelios quedaron los cuatro (como los cuatro costados del mundo) conocidos. Más adelante, se elevaron al rango de Sagrada Escritura y se rechazaron los no inspirados, los fantasiosos y sin mayor alcance espiritual, que se denominaron apócrifos, y otros escritos que se consideraron heréticos. Parte de la tradición católica -por ejemplo, el nombre de los magos, la presencia de la mula y el buey en el portal y buena parte de las representaciones religiosas artísticas- tiene su asidero en escritos apócrifos.
Peculiar encargo. Recientemente, el canal de televisión National Geographic informó sobre un escrito que, parece, es una versión muy vieja, escrita en copto, del Evangelio de Judas Iscariote.
Según fue divulgado por Nat Geo, ese evangelio muestra a Judas no solo como un hombre bueno, y no el traidor, sino como que, al ser el apóstol que más íntimamente conocía a Jesús, recibió del Salvador el peculiar encargo de que, al final de su ministerio terrenal, lo entregase a las huestes romanas.
El evangelio es de toque agnóstico, doctrina esotérica, una especie de New Age antigua, que considera que no todos podemos ver lo mismo y que en materia espiritual solo los iluminados (personas no solo muy informadas, sino que reciben inspiración superior) son capaces de conocer la verdad última y obtener la salvación. Que el mundo no lo creó un Dios bueno sino un dios inferior, llamado el demiurgo, y que por ello tiene tanta imperfección.
Para los agnósticos, la vida es una lucha constante entre el cuerpo y el alma, y el objetivo es despejarse del cuerpo para dejar que el alma, que es lo único que vale, se libere y alcance la salvación eterna.
Afirman que, con la entrega a los romanos, para su muerte, Jesús lo que esperaba era -precisamente- liberarse de su cuerpo. Por tanto, el trabajo que correspondió realizar de Judas no es detestable, como lo presentan los cuatro evange-lios oficiales, sino admirable.
Pasajes contradictorios. ¿Que hay de cierto en esta historia? Lo primero es que el evangelio de Judas era conocido por los Padres de la Iglesia, entre ellos por Irineo (aprox. 135-202 a. C.), obispo de Lyón, y -como otros- rechazado por considerarlo más fruto de la imaginación que de la inspiración y por tener pasajes contradictorios del mensaje cristiano fundamental. Entre otros, en el citado evangelio, Jesús y los apóstoles ríen en la Santa Cena, como lo haríamos usted y yo -cosa que no se ve en los cuatro oficiales-, y la razón por la cual Judas porta un saco de monedas es porque él era el tesorero del grupo.
Dudo de que las supremas autoridades cristianas acepten ahora ideas agnósticas que rechazaron antes, como que el cuerpo humano es malo y que el Dios que creó el mundo no sea el mismo de la resurrección. Sin embargo, la divulgación de ese documento, tan antiguo, puede servir para ilustrar diferentes versiones del Cristianismo naciente y, al cambiar los móviles atribuidos a Judas Iscariote, quitar la aversión que quizás aún tengan algunos cristianos hacia los judíos. También podría servir para que más acepten que, como judío que fue, Jesús es el esperado Mesías.