Se denomina erostratismo la megalomanía que consiste en cometer un acto vandálico para conquistar fama eterna. Proviene de Eróstrato, cuyo nombre los griegos prohibieron decir, bajo pena de muerte, para castigarlo por incendiar el templo de Artemis en Éfeso, cuando confesó: “Lo destruí para inmortalizar mi nombre”.
Compartirán esa siniestra inmortalidad quienes perseveran en la destrucción del ICE. Algunos, por un torpe delirio de estatofobia neoliberal, destilan un odio visceral contra la institución a la que nunca le perdonarán el mérito de ser la que más ha impulsado la modernización del país. Otros, por treinta talentos de recompensa al entregar el lucrativo manjar de las telecomunicaciones, y otros porque olvidan, con malinchismo e ingratitud, las coquetas fortunas que acumularon gracias a las extraordinarios conquistas del ICE.
Quebrarle el espinazo. Pero lo más injusto es que quienes más lo han denigrado y mutilado pretenden atarlo con una camisa de fuerza, lanzarlo a la fosa de los leones y exigirle que combata con las fieras y los gladiadores. Después de despojarle sus utilidades, de negarle que se modernice y de legislar para subastarlo, se atreven a acusarlo de incompetente, para colocarlo de rodillas y quebrarle el espinazo.
Frente a ese odio nada platónico se levanta un muro colosal de respeto, afecto y gratitud que una inmensa mayoría le profesamos a la institución que más generosamente ha propiciado la prosperidad, la industrialización, la urbanización, la educación, el turismo, la seguridad, la diversificación, la cultura, el esparcimiento, la solidaridad y la democratización con patriotismo y vocación social.
No es asfixia, sabotaje y extorsión lo que merece esa benemérita institución que, en manos de excelentes profesionales, logró el prodigio de entregarle electricidad y telecomunicación a todo el sector productivo y, además, al 97% de los hogares, sino legítima admiración, agradecimiento y esa solidaridad casi unánime que hace trepidar a los gobiernos que se atreven a atentar contra su integridad.
Sórdidas orgías. No olvidemos cómo las aperturas y privatizaciones en Argentina, México, Latinoamérica o Rusia culminaron en sórdidas orgías de poder, soborno, venalidad, nepotismo y corrupción. Recordemos que, mientras Estados Unidos, después del apagón que causó daños por $30.000 millones y afectó a 50 millones de personas, reconoció “ser un país del Primer Mundo con un sistema eléctrico del Tercer Mundo”, nosotros podemos blasonar de todo lo contrario.
Arrastrar al ICE hacia la trampa mortal de la apertura de las telecomunicaciones, en una competencia asimétrica y trituradora, frente a colosales megacorporaciones sin más credenciales que su ánimo de lucro, podría ser un acto de erostratismo que le cavaría su tumba y nos haría retroceder al atraso, el silencio y las tinieblas de hace medio siglo.
Debemos permanecer alerta, además, porque esos partidarios del globalitarismo –el híbrido de globalización, totalitarismo y capitalismo salvaje– que antes idolatraban a Pinochet y, recientemente, nos recetaban el funesto modelo argentino que sucumbió en la ruina y el fracaso, ahora predican una “singapurización” que, mediante la entrega del país en rebanadas, conduciría a una pintoresca “hawaización”, en la que terminarían moviendo la rabadilla con taparrabos al ritmo del hula-hula.
Creatividad y patriotismo. Recordemos cómo “lo que no destruyeron los bárbaros, lo destrozaron los Barberini”. Entregar el extraordinario patrimonio que aún nos queda, solo exige ingratitud y poco seso. Reducir a escombros el prodigioso legado de los auténticos estadistas, lo puede festinar cualquier vándalo como Atila. El verdadero mérito reside en las mentes creativas y patrióticas que defienden, imitan o superan –y no devastan, como Eróstrato– la obra sublime de nuestros grandes hombres.
Esperemos que no resulte premonitoria la hermosa frase del progenitor del ICE, don José Figueres Ferrer, el genial arquitecto de la democratización y la modernización de nuestro país, cuando exclamó: “¡No es cualquiera el que apagará las lumbres que yo encendí!”.