Son más de 6.000 guerreros, en formación de batalla. Impresionantes por su estatura -entre 1,75 m. y 1,96 m.-, por su realismo y detalles del acabado. Incluyen jerarcas militares, arqueros y cuadrigas tiradas por magníficos caballos. Impresionante conjunto aun para quienes solo lo hemos apreciado en vídeos o en alguna exposición de museo. Estaban destinados a ser un ejército para la eternidad. Para defender al rey de Qin (Ch'in) Shi Huangdi, primer emperador chino, en su viaje al más allá. Son un extraordinario testimonio de creencias religiosas más antiguas que el cristianismo. Y muestra de una civilización, cultura, arte y capacidad de producción en masa de extraordinario nivel ya en el siglo 3 a.C.
Cuando las primeras comunidades cristianas empezaban a formarse, estas culturas chinas entraban en su tercer milenio de historia, tenían unos 2.000 años de manejar la escritura y las ciudades. Su metalurgia impacta por el volumen, así como por la belleza artística de las obras y es probable que constituya una legítima secuencia de la legendaria civilización del jade, que se remonta aún más atrás, entre el 3800 y el 2700 a.C. Para la época en que la cronología bíblica ubica a Moisés y al &...;xodo, ya habían pasado dos largas dinastías reales que marcaban el final de la prehistoria y el comienzo de la civilización china.
Siete milenios. Si a nuestros ojos centroamericanos -occidentales, al fin y al cabo-, este cómputo de datos llega a marearnos por su magnitud temporal, más nos impresiona su continuidad. A diferencia de otras culturas destacadas desaparecidas, como las de egipcios o mayas antiguos, las que se originaron en China se encadenan siglo tras siglo, a lo largo de cinco milenios antes de Cristo y continúan en nuestra era. Es llamativo observar que el Imperio de Qin, el del ejército de terracota, inaugurado entre el 221 y el 208 a.C. llega en una serie permanente de diversas dinastías, hasta la proclamación de la República China en 1912.
En Occidente y en su área de influencia, acabamos de alcanzar 2.000 años de cristianismo y de civilizaciones asociadas con este. Es una historia rica y polivalente en sus logros y fracasos, como los de todas las civilizaciones humanas. Hay motivos para celebrarlo. El reto es hacerlo sin ninguna forma de chovinismo occidental o confesional, intentando comportarnos como una civilización suficientemente madura, que no necesita defender su identidad a base de negar o dominar otras civilizaciones que, como la china, nos aventajan en antig,edad, nos dan lecciones de permanencia y nos ofrecen extraordinarios legados de riqueza humana. El encuentro de culturas, la apertura a otras maneras de resolver los desafíos de la supervivencia, podrían perfeccionar los horizontes de Occidente y reorientar la dirección del actual proceso globalizador. Con esta mira, la celebración del 2000 podría resultar un gran paso adelante para la humanidad en su conjunto. Por el contrario, la actitud triunfalista de una sola visión cultural -tanto peor cuando se confunde Occidente con el American way of life-, que absolutiza su manera de hacer finanzas, política y economía, que afirma unas tradiciones religiosas como única verdad excluyente, solo impulsan la destrucción de la biodiversidad: no la de las otras especies animales, sino la que proporciona la variedad de las culturas como formas de vida humana.
Buena Nueva. En la tradición teológica cristiana hay un par de enseñanzas que pueden ayudar a hacer del 2000 un momento de encuentro cultural, racial y ético. Por una parte, la creencia en la encarnación del Hijo de Dios como espaldarazo a nuestra condición humana, como su rehabilitación con la calidad de fábrica con que salió de manos del Creador. Esta es la buena nueva. Por otra parte, la convicción de que en el corazón y en la mente de todos los seres humanos, en todos sus ritos y culturas -occidentales y orientales-, hay sembrados por Dios valores que no deben desaparecer, y cuya perfección debemos impulsar. Es la convicción de Eusebio de Cesarea (339 d.C.) de que en todos los pueblos hay una preparación a la buena nueva. O la de Justino (165 d.C.) cuando ve la presencia de semillas del Verbo en todas las culturas. De aquí se sigue el aprecio por todas las formas de realización de lo humano y la renuncia al encerramiento de las categorías hombre/mujer, desarrollo, civilización, en los estrechos márgenes de una sola y reciente perspectiva cultural.
Visiones como esta podrían alimentar, en el seno de la globalización, una actitud de diálogo entre los pueblos, una construcción de una ética común, fruto del mutuo descubrimiento de valores. Podrían contribuir así a que este año 2000 fuera realmente jubilar, es decir, que diera motivo al júbilo por sentirse humanos.