Terencio, el escritor romano, observó que "la verdad engendra el odio"; en cambio, Jesús el Cristo sentenció, siglo y medio después: "La verdad os hará libres".
¿Es posible o imposible armonizar esas expresiones de sabiduría tan antiguas, profundas y aparentemente simples, pero, a la vez, contradictorias?
Mi opinión es que las dos ideas son, en realidad, sumamente complejas y pueden tener convergencias, así como divergencias, las cuales dependen de por lo menos seis factores: qué se entiende como verdad; quién la dice; a quién se dice; cómo se dice; odio de qué engendra; de qué libera. Veamos:
El dilema de la verdad empieza con su propia definición: "¿Qué es verdad?", preguntó Poncio Pilato hace 1972 años.
Hasta hoy no disponemos de una respuesta definitiva. Paul Feyerabend incluso causó un revuelo en el mundo intelectual hace treinta años al sostener que "todo vale" (¿"no hay verdad"?), aunque luego dijo que era broma.
Sin embargo, para establecer una primera línea de diálogo, podemos aplicar la definición positivista que consignan los diccionarios: conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente. Además, limitémonos a verdad social, excluyendo verdad natural.
El reconocimiento de esa conformidad entre cosas y conceptos puede ser afectada por las características de quien la describe.
Por ejemplo: en los grupos y sociedades xenofóbicos, se tiende a rechazar lo que plantean personas de fuera; en cambio, en los xenofílicos se concede menos credibilidad a los propios miembros: "nadie es profeta para su propia gente".
Bloqueos y rechazos. La aceptación de la verdad también depende de la inteligencia, los valores, las actitudes y los intereses de quien la oye; es decir, a quién se dice. Hay quienes simplemente no tienen la capacidad para entender. Otros padecen bloqueos mentales derivados de ideologías, religiones, hábitos y costumbres.
Algunos rechazan la verdad por cuestiones de vanidad, orgullo y altivez: "No dar el brazo a torcer". Todavía otros no quieren entenderla o aceptarla porque no les conviene: "No hay peor sordo que el que no quiere oír".
A veces se dice la verdad de modo excesivamente crudo, burlesco, impaciente o desafiante; lo cual despierta la animadversión del interlocutor. Cuando esto se suma a los aspectos del párrafo anterior, se multiplican todavía más las dificultades para lograr la "conformidad entre cosas y conceptos".
¿Quién puede negar que ha participado en ese tipo de situaciones y dinámicas con otros? "El que se sienta libre de culpa (o responsabilidad) al respecto, que lance la primera piedra".
Dolorosas reacciones. La verdad suele penetrar o cortar las relaciones humanas, causando dolores y reacciones de diferentes grados. Dice la sabiduría tradicional: "La verdad no peca, pero incomoda". En La tragicomedia de Calisto y Melibea (conocida popularmente como La Celestina), atribui-da a Fernando de Rojas (1499), se lee: "Mal me quieren mis comadres porque digo las verdades".
Si de la incomodidad o el dolor de la verdad se deriva malquerencia y, eventualmente, odio dirigido a quien la dice, y no a lo que dice, para guiar acciones constructivas, conducirá a conflicto y descomposición de las relaciones sociales.
Finalmente, ¿de qué nos libera la verdad? En esto consiste la genialidad de lo que afirmó Jesús el Cristo: la verdad nos libera de todo, incluso de las limitaciones de su encarnación humana, permitiéndonos dar esa "vuelta" a la que se refirió Paulo Freire, para entender y aun amar a quienes la rechazan y quisieran matarla o expulsarla de la conciencia humana :"Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen".
En síntesis, pienso que la búsqueda de la verdad disuelve su propio dilema; pero esta solo es una opinión mía, cuando más una conjetura. Estimado lector, estimada lectora: ¿cuál es la suya?