La victoria de Hamás -una mezcla de organización extremista islámica, grupo terrorista, milicia armada y partido político- en las elecciones parlamentarias palestinas del martes, ha llevado el conflicto entre israelíes y palestinos a una de sus más complejas coyunturas y ha abierto un capítulo de riesgos inusitados en la ya de por sí compleja y explosiva relación entre ambos pueblos. Aunque el desenlace del nuevo panorama es impredecible, por el momento se han alejado aún más las posibilidades de una solución negociada del conflicto y se ha renovado el riesgo de la violencia en gran escala, con posibles ecos en toda la zona.
No importa qué se piense de sus objetivos, estructura y procedimientos, hay que partir de una cruda e incontrovertible verdad: el triunfo de Hamás se dio en condiciones de pleno ejercicio democrático. Gracias a los votos, obtuvo una sólida mayoría absoluta en el Parlamento (76 de los 132 escaños, según datos preliminares), mientras que el Fatá, partido gobernante por décadas y fundado por el líder histórico de la Organización de Liberación Palestina, Yaser Arafat, apenas alcanzó 43, una humillante derrota. Esto les da a los triunfadores una legitimidad que no puede ser desconocida internacionalmente. Porque, si así ocurriera, ¿cómo justificar los encomiables esfuerzos por impulsar la democracia en otros países del Medio Oriente?
A la vez, sin embargo, existe otro hecho sumamente grave e ineludible: Hamás tiene claramente como objetivo la "anulación" de Israel por parte del islam, propone la acción armada en su contra y ha sido el más férreo opositor a los esfuerzos negociadores del presidente palestino, Mahmud Abas. Todo esto va contra las normas elementales de la convivencia internacional. Por algo ha sido calificada como una organización terrorista tanto por Estados Unidos como por la Unión Europea y, por supuesto, Israel, que reiteró tajantemente su negativa a negociar con un gobierno en el que haya "una organización terrorista armada" que predique su desaparición.
¿Qué hacer frente a esta grave situación, en la que, súbitamente, los votos han dado legitimidad democrática a grupo violento, con componentes abiertamente ligados al terrorismo? Para los israelíes, que tendrán elecciones dentro de dos meses, la reacción inicial será emprender acciones unilaterales que les garanticen su seguridad; entre ellas, la continuación del muro que ya existe en partes de la frontera con la franja de Gaza y Cisjordania; es decir, una suerte de repliegue hacia posiciones de fuerza, entendible ante la coyuntura, pero inviable como opción a largo plazo. Los palestinos, por su parte, afrontan en este momento un período de confusión, previo a la formación de un nuevo gobierno. No se pueden descartar una renuncia del presidente Abas, una revuelta interna en Fatá (al que los votantes cobraron, entre otras cosas, su corrupción) y pugnas en el seno de Hamás. Todo esto complicará seriamente la situación.
En estas circunstancias, la comunidad internacional -en especial Estados Unidos y la Unión Europea- debe hacer todos los esfuerzos posibles por reducir el distanciamiento entre las partes. Sin embargo, su acción debe partir de una gran presión para que Hamás acepte la existencia de Israel y renuncie oficialmente a la violencia. Tal requisito debe ser firme porque una cosa es reconocer la legitimidad electoral de un gobierno o partido, y otra, muy distinta, aceptar sus propuestas terroristas. Y un instrumento de gran importancia para alcanzarlo será la enorme dependencia palestina de la ayuda internacional, a fin de mantener cierta viabilidad económica en sus territorios; también, las pugnas y diferencias que existen en el seno de esa agrupación.
En una visión optimista, podría pensarse que, desde su nueva legitimidad, y confrontado tanto a la presión internacional como a la realidad ineludible del ejercicio del poder, Hamás evolucione hacia la acción política, exclusivamente, y que, cuando esto suceda, se puedan reiniciar las negociaciones con Israel. Por el momento, sin embargo, las perspectivas son pesimistas, y hay que comenzar a actuar para controlar los daños.