No es sorprendente la generosa y reciente decisión de la familia del general Augusto Pinochet de donar sus órganos a la ciencia en el caso, no tan hipotético, de que el dictador en retiro muera en Londres en medio de una larga batalla legal por salvar su rugoso y curtido pellejo. Por lo menos después de muerto servirá para algo. Sin embargo, a juzgar por las imágenes que transmitió la televisión, aún más cercana que la muerte del tirano puede estar la de su desdichado hijo, Augustito El Rabioso, como le decían en el colegio, debido a un ataque fulminante de cólera. ¡Qué manera de gritar, qué mandíbulas, qué dientes!
Ante el anuncio de la familia, todavía no es totalmente claro el reparto de bienes -quepis, capa negra y chapas, pero no dentales sino militares, se entiende, ya fueron reclamadas por el ejército argentino-, pero el London Royal Hospital se adelantó a otras instituciones al solicitar que se le entregara el corazón, el cual, según confirmó la prensa británica, podrá ser observado por las futuras generaciones a través de un poderoso microscopio electrónico obsequiado gentilmente por la colonia chilena residente en Inglaterra.
El London Royal Hospital es bien conocido por ser el depositario del legendario esqueleto del llamado "hombre elefante", John Merrick, quien un siglo después de muerto sigue siendo uno de los mayores enigmas de la humanidad.
Como era de suponer, otros figurones de la farándula política se han sumado a la desinteresada iniciativa de la familia Pinochet y se hacen ya gestiones para la entrega, en unos cuantos meses, del hígado de Boris Yeltsin. La inmensa urna está ya siendo acondicionada bajo el patrocinio de la destilería finlandesa Absolut vodka. No faltaba más.
Margaret Tatcher regaló su famoso peinado bomba y Ronald Reagan su cerebro, siempre y cuando sea encontrado.